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viernes, 20 de octubre de 2017

EL ORGANISTA Henryk Sienkiewicz




La nieve congelada era espesa, durísima, pero no muy alta; Klen tenía las piernas largas, y caminaba con paso acelerado por la carretera que va de Zagrabia a Ponikly. Andaba así, tan de prisa, porque a medida que el crepúsculo avanzaba hacíase el frío más intenso; cosa poco agradable para quien, como él, llevaba vestidos tan ligeros. Una casaca corta, y encima un abrigo de pieles más corto todavía; unos calzones negros, que no le llegaban al tobillo, y un par de botas cuajadas de tajos y remiendos. Este era todo su equipo. En la mano llevaba un oboe; en la cabeza, un sombrero, a través del cual podían verse las estrellas, y en el estómago, unas cuantas copitas de ron.
Su espíritu vibraba presa de la serena emoción que nace de la alegría, y su corazón rebosaba de inmenso júbilo. Y a fe que tenía motivos sobrados para estar contento. Aquella misma mañana había firmado un contrato con el canónigo Krayewski en virtud del cual entraba en posesión del destino de organista en la parroquia de Ponikly. ¡Organista de Ponikly! ¡El, que todavía el día antes andaba como un gitano, de pueblo en pueblo, de mercado en mercado, de mesón en mesón, de fiesta en fiesta; él, que no dejaba escapar boda ni bautizo sin apañarse para ganarse algunas monedas de cobre con su oboe o con el órgano, que manejaba mejor que todos los organistas de la comarca!… ¡Organista de Ponikly!
Desde ahora iba a empezar para él una existencia metódica y tranquila; poseería casa propia, podría cultivar un huertecito todo suyo… Una casita, un huerto, un sueldo fijo de ciento cincuenta rublos anuales, amén de otros ingresos probables; un cargo honrosísimo, ya que sus servicios estaban dedicados única y exclusivamente a la gloria de Dios y podían, por lo tanto, equipararse con los de sus propios ministros…
¿Qué más podía apetecer? ¡Y pensar que tiempo atrás, siendo como era el mejor organista de la comarca, cualquier rústico de Zagrabia o de Ponikly, por el mero hecho de poseer dos yugadas de tierra, se creía con derecho a mirarle por encima del hombro!… No dejarían de saludarle ahora, ahora que desempeñaba un cargo tan importante; porque no era cosa de tomarse a broma eso de ser organista de una parroquia tan grande como la de Ponikly.
A decir verdad, Klen aspiraba a este destino desde mucho tiempo; mas viviendo todavía el señor Milnitzki, su antecesor, ni remotamente había que pensar en la realización de aquel ardiente anhelo. Es verdad que a duras penas podía el buen anciano mover sus gotosos dedos sobre el teclado, por lo cual salíanle las melodías horriblemente contrahechas y desafinadas; pero por espacio de veinte años había estado sirviendo a Dios al lado del señor canónigo, y ni por asomo se hubiera atrevido éste a pensar que podía ser substituido en vida.
Pero un día la yegua del señor canónigo, enfurecida de pronto, y sin que nadie supiese por qué, dio al anciano organista una coz tan descomunal en pleno pecho, que lo mandó al otro mundo en cosa de tres días. Y no se entretuvo Klen; presentose inmediatamente al canónigo, y le hizo en toda regla la demanda del empleo vacante por la muerte del señor Milnitzki. Y como quiera que el canónigo había tenido ocasión infinidad de veces de admirar la destreza y la pericia de Klen, y sabía perfectamente lo difícil que hubiera sido encontrar quien rivalizar pudiera y más digno sucesor de su difunto amigo fuera, ni aun buscándolo en la ciudad, no titubeó un segundo en concederle la prebenda.
Pero ¿cómo era que Klen supiese tocar con tanta perfección, no sólo el órgano, sino también el oboe y otros diversos instrumentos? ¿De quién había heredado tan asombrosas aptitudes? De su padre, no por cierto. Este, sencillo campesino de Zagrabia, después de haber rodado medio mundo como soldado en sus mocedades, habíase visto reducido a fabricar sogas y cordeles de cáñamo, consolándose de la ruindad del oficio con el humo que todo el santo día sorbía de su pipa, único instrumento que con los labios sabía manejar.
Klen, por el contrario, ya de niño se metía siempre donde había música, quedándose absorto largas horas, cual si en éxtasis estuviera. Ya mayorcito, había hallado la manera de ser útil al señor Milnitzki tirando del fuelle del órgano, y el anciano organista de Ponikly, que conocía la afición del muchacho, enseñole a tocar su instrumento. A los tres años ya sabía Klen más que su maestro. Un día, inopinadamente, desapareció el joven músico del país con una farándula de músicos ambulantes llegados a Zagrabia Dios sabe cómo.
Muchos años estuvo con ellos errando como un perro vagabundo por villas, pueblos y villorrios, ganándose el sustento en las ferias, en los banquetes, en las iglesias, en todas partes donde había posibilidad de embolsar unas perras. Más tarde, muertos o dispersados sus compañeros, volviose a Zagrabia, flaco, andrajoso, pobre como una rata, y desde entonces había vivido libre como un pájaro, pidiendo al aire su sustento y poniendo su música, ora al servicio de Dios, ora al servicio de los hombres.
De esta suerte fue su nombre, poco a poco, adquiriendo mucha fama, pese a algunos de sus paisanos, que le reprochaban su «liviandad». Se hablaba de él en Zagrabia, en Ponikly y en todas las cercanías. Decían las gentes: «Será lo que queráis; pero lo cierto es que cuando Klen coge su instrumento y se pone a tocar, hasta Dios debe tenerle envidia, porque con su música les hace saltar las lágrimas a los hombres».
A veces le preguntaban: -Oye, estimado Klen: ¿tendrás, acaso, dentro de ti un diablo que te inspire?
Y, en efecto, era muy de creer que un diablo se había posesionado de aquel hombre enjuto, de tronco anguloso y largas piernas.
En las principales festividades del año o en las grandes solemnidades habíale llamado alguna vez el señor canónigo para que substituyera provisionalmente al anciano Milnitzki. En semejantes ocasiones olvidábase por completo de sí mismo y de cuanto le rodeaba; y cuando los corazones de los fieles palpitaban recogidos en la devoción; cuando subía el incienso hacia la bóveda del templo, extendiéndose en nubes olorosas; cuando el órgano mezclaba sus voces a las voces del pueblo que cantaba a Dios sus alabanzas, él puede decirse que no existía. Los cantos y los himnos de los feligreses, el tañido de las campanas, el flamear de los cirios en el altar, el áureo centelleo de los candelabros y de los relicarios, el perfume de la mirra, del ámbar y otras esencias tropicales, le embriagaban, haciendo volar su espíritu más allá de las regiones terrestres. Y cuando el canónigo, entornando los ojos, alzaba la custodia, resplandeciente de luz, para bendecir al pueblo, entonces Klen, desde su puesto, inclinaba también la cabeza, y en el inefable arrobamiento de su espíritu parecíale que el órgano tocaba solo, que las voces de sus cañones se elevaban como olas, fluían como ríos, chorreaban como manantiales; que llenaban la iglesia toda, flotando bajo la bóveda, junto al altar, mezcladas con el humo de los incensarios, con los rayos del Sol y con las almas de los fieles prosternados: unas, potentes y majestuosas como truenos; otras, como cantos humanos, llenas de palabras vivas, y otras, aun suaves, menudas, sueltas como lentejuelas o como trinos de ruiseñor.
Acabada la misa, bajaba Klen por la angosta escalera del órgano con el alma todavía vibrante de entusiasmo y los ojos encantados y llenos de estupor, cosa que él, hombre sencillo, atribuía al cansancio. En la sacristía, el canónigo le ponía unos groszy en la palma de la mano, mientras cuchicheaba al oído una alabanza, y ya entonces se marchaba Klen, mezclándose con los fieles, que se estrujaban en el umbral de la iglesia para salir. Y la gente le saludaba siempre -por más que no tuviese ni tierras ni choza…- con inequívocas muestras de estimación.
Pero no era la consideración de sus paisanos lo que a Klen más le interesaba. Era otra cosa, una cosa que Klen anteponía a todo: a Zagrabia, a Ponikly, al mundo entero, y esta cosa era Olka, la hija del ladrillero de Zagrabia. Aquella muchacha se le había puesto en el corazón como una garrapata, valiéndose de sus ojos azules como dos acianos, de sus blancas mejillas y de sus labios rojos cual cerezas. En los momentos de sangre fría -raros, en verdad-, bien comprendía Klen que jamás el ladrillero habría de darle su hija por esposa, y decíase entonces, viendo claro en la cuestión, que más le valdría no pensar más en ella. Pero también comprendía, lleno de espanto, que jamas, jamás podría el muy cuitado olvidar a la muchacha, y triste, cabizbajo, pensaba para sus adentros:«¡Demonio, y cómo se me ha colado en las entretelas del corazón!
¡Ni con tenazas sería posible arrancarla!» Por ella abandonó su vida trashumante; por ella vivía, respiraba, y cuando tocaba el órgano, con sólo pensar que Olka tal vez le estaba escuchando salíanle las tocatas de un modo magistral.
Y ella, ella le empezó a querer por lo bien que tocaba; pero luego púsose a amarle por lo que valía en sí y con toda su alma. Nada había en el mundo para Olka como aquel hombre, a pesar de su cara estrambótica y aceitunada, de sus ojos errabundos, de su casaca raída, de su menguado abrigo de pieles, que no alcanzaba a taparle la casaca, y de aquellas piernas tan largas que más bien parecían las de una cigüeña.
Quien no compartía este mismo modo de pensar era el padre de la muchacha, el ladrillero de Zagrabia, el cual, por cuanto se encontraba muchas veces sin una perra en el bolsillo, no hubiera consentido jamás en dar su Olka a Klen. «A la niña», decíase el ladrillero, «todo el mundo la pretende. ¿Para qué, pues, uncirla al carro de ese azotacalles de Klen?» Y apenas si le dejaba traspasar de vez en cuando al pobre músico la puerta de su casa.
Pero con la muerte del viejo Milnitzki y el subsiguiente nombramiento de organista de Ponikly, ya tomaban las cosas un diverso aspecto. Aquella misma mañana, apenas firmado el contrato, había volado Klen a casa del ladrillero, que le había acogido con las siguientes palabras: -No quiere decir esto que ya te dé mi consentimiento; pero, vamos, un organista ya no es un azotacalles.
Y hablándole así, habíale hecho entrar en casa, obsequiándole luego con unas copitas de buen ron, tratándole con toda clase de miramientos. Y al presentarse Olka, mucho se había regocijado el viejo en presencia de los dos jóvenes de que Klen fuese ya todo un señor, de que poseyese una casita propia y un huertecito, todo suyo, y de que después del señor canónigo fuese el más notable personaje de Ponikly.
El joven organista se había quedado allí toda la tarde, con gran regocijo suyo y de su adorada Olka, y regresaba ahora a Ponikly por la carretera cubierta de nieve, envuelto en la púrpura del crepúsculo. El frío se iba haciendo más y más intenso; pero andaba Klen con paso acelerado, sin reparar en ello, absorto y embelesado por el recuerdo de los acontecimientos de aquel día.
Y en verdad que había sido aquel día un día bien feliz, como jamás recordaba haber pasado otro igual en su vida.
Por la carretera, desnuda, sin un árbol, serpenteando a través de los prados cubiertos de nieve congelada, que tomaba a la luz del ocaso reflejos rojos y azulados, llevaba Klen su felicidad, cual diminuta linterna luminosa que debía ya para siempre iluminarle en las tinieblas.
Mientras caminaba volvía a vivir con el recuerdo los episodios del día aquel. Una a una veníansele al pensamiento las palabras que el canónigo le dirigiera por la mañana, al conferirle el nombramiento suspirado, y la firma del contrato, y la amistosa acogida del ladrillero, y, más que todo, las palabras que Olka le había cuchicheado en un momento en que habían quedado solos: -Para mí eres siempre el mismo. Yo te hubiera seguido a todas partes, con los ojos cerrados, hasta más allá de los mares. Pero es mejor así, porque así padre estará contento.
Entonces Klen, emocionado y con el corazón henchido de gratitud, habíala besado en el codo, sin acertar a decir otras palabras que las siguientes:
-¡Que Dios te lo pague, Olka, por toda la eternidad! Amén.
Ahora, al recordarlas, parecíale que había estado un poco ridículo, y se avergonzaba de haberle besado el codo y de haberle contestado tan lacónicamente. Arrepentíase de ello también porque no le cabía duda alguna de que en aquel momento le hablaba Olka con la mayor seriedad, de que era certísimo de que le hubiera seguido más allá de los mares, si el padre se lo hubiera permitido. ¡Oh, querida, querida Olka! ¡Qué delicioso sería caminar en este momento, apoyado en tu brazo, por esa carretera triste, desierta, sepultada bajo la nieve!
-¡Oh, corazoncito mío, dueña y señora mía! -murmuraba Klen, acelerando más y más el paso.
Y crujía más fuerte la nieve bajo sus plantas.
Al cabo de un instante pensó: -¡Una muchacha como Olka es imposible que mienta!
Y, de repente, un sentimiento de inmensa gratitud le inundó el corazón. Si en aquel instante hubiese tenido a Olka a su lado, de seguro que no hubiera podido resistir la tentación de abrazarla y estrecharla con todas sus fuerzas contra su pecho. Eso es lo que hubiera debido hacer por la tarde al despedirse… ¿Pero acaso no sucede siempre así? Es precisamente en el momento de obrar o de hablar con el corazón en la mano cuando el hombre se pone más torpe y se le traba la lengua. ¡Oh, cuánto más fácil resulta tocar el órgano!
Mientras tanto, las fajas purpúreas y doradas que cerraban el horizonte íbanse transformando poco a poco en doradas cintas de color ámbar. Llegaba la noche, y las estrellas aparecían en el firmamento, mirando desde lo alto a la tierra, con la glacial severidad con que acostumbran a mirar en las heladas noches del invierno.
El frío iba siempre en aumento, y el nuevo organista de Ponikly sentía que le penetraba hasta los huesos y le quemaba las orejas. Como sabía tan bien el camino, decidiose a ir a través de los prados, para acortar el trayecto y llegar más pronto a casa. Muy pronto encontrose, pues, en el espacio que la nieve había puesto liso y uniforme, y en el cual se destacaba en negro su silueta larga y estrambótica.
Entonces le vino la idea de echar una tonadilla con su oboe para matar el tiempo, al par que para mover los dedos, cuyas yemas se le iban helando. Y cosa singular: aquellas notas, cual si tuvieran miedo de la inmensa llanura, blanca y solitaria, salían del instrumento tímidas y temblorosas, y la cosa era más de extrañar toda vez que tocaba Klen alegres melodías. Eran las canciones que había tocado aquella misma tarde en casa del ladrillero, entre dos copitas de ron, y que Olka había ido siguiendo con su linda vocecita. Había querido empezar por la que había escogido primero Olka, y que decía: Iguala, Dios mío, valles y montañas, a fin de que todo, todo sea igual; haz, Dios mío, que hasta mí llegue mi amada sin tardanza, para consolar mi mal.
Pero la tonadilla no le había agradado al ladrillero, por demasiado sencilla y pastoril, pues gustábanle coplas más refinadas. Entonces habían escogido otra que Olka había aprendido en la casa señorial de Zagrabia: Ludovico, el buen infanzón, sale de caza; Elena, bella como un sol, queda en la cama.
Vuelve el infanzón; chilla y late la jauría; clarines suenan… Duerme Elena todavía.
Esta sí que le había gustado al ladrillero; pero la mejor, sin disputa, había sido la «Canción de la jarra verde», que había provocado en los tres sonoras carcajadas. En esta canción, una moza se lamenta amargamente ante los tiestos de su jarra rota: ¡Roto me has, señor, la jarra verde!
Y el caballero, queriéndola consolar, la replica inmediatamente: ¡Cesa, mi niña, no llores, no; la jarra verde te pago yo!
Olka, al cantar, alargaba cuanto podía las palabras: «La ja a rra ve e erde», y estallaba luego en grandes risotadas; entonces Klen, soltando el oboe, le contestaba en tono patético, como el caballero de la canción: ¡Cesa mi niña, no llores, no!
Y ahora, en medio de la noche, volvía a tocar la «Canción de la jarra verde» y al evocar la alegría y el holgorio de la tarde, poníase a reír cuanto se lo permitían los labios, atareados en tocar el instrumento.
Pero el frío se hacía más y más intenso; poco a poco, los labios se le pegaban, ateridos, al oboe, y los dedos, en lugar de ablandárseles, se lo ponían más tiesos. Pronto ya no le fue posible tocar, y continuó caminando, algo jadeante, con la cara envuelta en niebla.
Al cabo de un rato experimentó una gran fatiga. No había pensado en que en los prados se acumula la nieve mucho más que en las carreteras, y que le sería más penoso sacar sus largas piernas de aquel espesor. Aquí, allá, por la inmensa llanura blanca, había surcos y zanjas que la nieve había colmado, disimulándolos, y en los que se hundía Klen hasta las rodillas. ¡Cuánto se arrepentía el pobre organista de haber dejado la carretera! Allí, por lo menos, podía haber encontrado algún carro que lo hubiera llevado hasta Ponikly.
En el firmamento brillaban las estrellas con creciente fulgor; el frío aumentaba cada vez más, y Klen prosiguió su camino de prisa, muy de prisa, bañada en sudor la frente. De vez en cuando se alzaban unos soplos de viento que desde los prados corrían hacia el río, y que le penetraban al pobre Klen hasta los huesos.
Una vez más probó a llevarse el oboe a los labios; mas el andar con la boca tapada le causaba enorme fatiga. Entonces se sintió rodeado de una terrible soledad… ¡Qué impregnado estaba todo de quietud, de misterio, de extraña y sorda calma!… Y no ya a Ponikly, donde le aguardaba su tibia casita, sino a Zagrabia voló su pensamiento: «A estas horas ya debe estar Olka preparándose para acostarse -pensaba-; ¡pero, gracias a Dios, es bien caliente su choza!» Y la certeza de que Olka estaba bien guardada del frío en su aposento era para su corazón un gran consuelo, consuelo tanto mayor cuanto más intenso era el frío que él sentía.
Finalmente, llegó al límite de los prados, allá donde empiezan los pastos, que están salpicados de matorrales de enebro. Sentíase Klen tan fatigado, que la sola idea de descansar un rato bajo uno de aquellos espesos matorrales le daba una gran alegría. Pero pensó: «Me voy a quedar helado», y continuó andando.
Por desgracia, en derredor de las matas de enebro, como también al pie de los setos, la nieve se amontona, y forma como unos alzamientos de terreno. Klen franqueó algunos de estos alzamientos, pero con enorme fatiga; luego, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, díjose: «¡Voy a sentarme; mientras no me duerma no hay peligro de que me quede helado!» Sentose, y para ahuyentar el sueño volvió a tocar la «Canción de la jarra verde». Otra vez las notas salían del oboe tristes y miedosas y resonaban lúgubremente por la llanura congelada; pero los párpados del pobre músico pesaban como piedras sobre sus pupilas y la melodía de la jarra verde decrecía poco a poco, hasta que, por último, se extinguió.
Pero todavía luchaba Klen con el sueño, conservando su lucidez; todavía pensaba en Olka… Unicamente cada vez se sentía más solo, más abandonado en aquel inmenso espacio vacío, y, por fin, una gran estupefacción pareció invadirle todo al ver que Olka no estaba allí con él, en medio de aquella noche y de aquel yermo… Entonces exclamó: -¡Olka! ¿Dónde estás?
Al poco rato volvió a exclamar, como si la llamara: -¡Olka!…
Y sus manos crispadas dejaron caer el oboe..
Al día siguiente los primeros albores del amanecer iluminaron el cuerpo de Klen: sentado sobre la nieve, con el oboe a sus pies, sus largas piernas parecían petrificadas y su cara, amoratada, parecía asombrada y atenta a la vez a las últimas notas de la «Canción de la jarra verde».


FIN