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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Enciclopedia de la Historia y Cultura del Pueblo Judio



                                         Enciclopedia Judaica

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viernes, 20 de octubre de 2017

HISTORIA DEL INVÁLIDO Mark Twain



AUNQUE mi aspecto es el de un hombre de sesenta años, y casado, no es verdad; débese ello a mi condición y sufrimientos, pues soy soltero y sólo tengo cuarenta y un años. En el estado en que me veis, difícilmente creeréis que ahora sea más que una sombra de lo que fui, ya que apenas hace dos años era yo un hombre fuerte y rebosante de salud (un hombre de hierro, ¡un verdadero atleta!); y, sin embargo, ésta es la cruda realidad. Pero más extraño que este hecho es todavía el modo como perdí mi salud. La perdí una noche de invierno, vigilando una caja de fusiles en un viaje de 200 millas en ferrocarril. Es la pura verdad, y voy a contaros cómo sucedió.
Resido en Cleveland (Ohio). Hace dos años, una noche de invierno, llegaba a casa, poco después de extinguida la luz del día, en medio de una furiosa tempestad de nieve; y lo primero que me dijeron al entrar fue que mi mejor compañero de escuela y amigo de mi infancia, John Hackett, había muerto el día anterior, y que en sus últimas palabras había manifestado el deseo de que yo llevase sus restos mortales a sus pobres padres ancianos, que vivían en Wisconsin. Sentíme sobremanera sorprendido y afligido, pero no había tiempo que perder en emociones: era preciso partir inmediatamente. Tomé la tarjeta que decía: "Diaca Leví Hackett, Bethlehem. Wisconsin", y eché a correr precipitadamente, a través de la horrible tempestad, hacia la estación del ferrocarril. Llegado allí, encontré la larga caja de pino blanco que me había sido descrita: clavé en ella la tarjeta con algunas tachuelas, la dejé facturada con garantías de seguridad en el furgón del tren expreso, y marché prestamente al restaurante a buscar un sandwich y algunos cigarros. Cuando, al poco rato, volví, mi ataúd estaba otra vez en el suelo, aparentemente; y un muchacho lo miraba por todos lados, con una tarjeta en la mano, unas tachuelas y un martillo. Quédeme sorprendido e intrigado. Empezó o clavar su tarjeta, y yo eché a correr hacia el furgón del expreso, en gran manera turbado mi espíritu, para demandar una explicación. Pero no; mi caja estaba allí, como la había dejado yo, en el interior del furgón expreso; no había contratiempo alguno que lamentar. (Pero, en realidad, sin haberlo sospechado yo, habíase producido una prodigiosa equivocación: yo me llevaba una caja de fusiles que aquel muchacho había ido a facturar a la estación, y que iba destinada a una asociación de cazadores de Peoria (Illinois), y él se llevaba ¡mi cadáver!). Precisamente entonces un mozo de estación empezó a gritar: "-¡Señores viajeros, al tren!" Y yo me metí en el furgón del tren expreso, y conseguí un asiento confortable sobre una bala de cangilones. Allí se encontraba el conductor, hombre incansable, de unos cincuenta años, de aspecto sencillo, honrado y de buen talante, que hablaba con positiva cordialidad. Al arrancar el convoy, una persona extraña pegó un salto dentro del furgón, y dejó un paquete, con un queso de Limburg, singularmente grueso y tierno, a un extremo de mi caja-ataúd; es decir, de mi caja de fusiles. Mejor dicho, ahora sé que aquello era un queso de Limburg, pero por aquel entonces no había oído hablar de este artículo en toda mi vida, y, como es muy natural, ignoraba completamente su carácter. Bien, pues; el tren avanzaba rápidamente a través de la tormentosa noche. La terrible tempestad arreciaba furiosamente; sentí que se apoderaba de mí, insensiblemente, una triste desdicha, y mi corazón sintióse abatido, abatido, abatido... El viejo conductor del exprés exteriorizó una brusca consideración, o dos, sobre la tempestad y el tiempo ártico; cerró de un tirón las puertas corredizas y pasó las aldabas; cerró herméticamente su ventanilla, y luego empezó a andar bulliciosamente de una parte a otra, arreglando las cosas, canturreando durante todo este tiempo, en voz baja, y desafinando extraordinariamente, la canción Dulce inminencia. Al poco rato empecé a sentir un olor pésimo y penetrante que se deslizaba quedamente a través del aire helado. Eso abatió aún más mi valor, porque, naturalmente, la atribuí a mi amigo desaparecido. Era realmente algo infinitamente aflictivo sentir que se procuraba mi recuerdo de esta muda y patética manera; así que a duras penas pude contener mis lágrimas. Además, me preocupaba en gran manera el viejo conductor; temía que se diese cuenta de ello. Sin embargo, continuó canturreando y no demostró nada; se lo agradecí profundamente. Se lo agradecí, es verdad, pero no dejaba por eso de estar inquieto, y a cada instante que pasaba aumentaba mi inquietud, porque aquel olor, a medida que el tiempo pasaba, volvíase más insoportable. Al cabo de un rato, habiendo dejado las cosas a su entera satisfacción, el viejo conductor recogió un poco de leña y encendió un fuego tremendo en su estufa. Aumentó con ello mi pesar de forma tal, que no es posible expresarlo con palabras, porque yo no podía dejar de comprender que aquello era una equivocación. Estaba completamente seguro de que el efecto sería deletéreo para mi pobre amigo desaparecido. Thompson (así se llamaba el conductor, como descubrí en el transcurso de la noche) empezó a escudriñar todos los rincones del vagón, tapando grietas y haciendo todo lo posible para que, a pesar de la noche tormentosa que hacía en el exterior, pudiésemos pasarla nosotros de la manera más confortable posible. Nada dije, pero creí que no elegía el mejor camino. Entretanto, también la estufa empezó a calentarse hasta ponerse al rojo vivo y a viciarse el aire del vagón. Sentí que me mareaba, que palidecía, pero lo sufrí en silencio y sin decir palabra. No tardé en reparar que la Dulce inminencia se apagaba lentamente, hasta que cesó del todo y reinó un ominoso silencio. A los pocos minutos el conductor dijo:
-¡Qué asco! Seguramente no será de cinamomo la leña que he puesto en la estufa.
Gruñó una o dos veces; fue en dirección al ataúd... quiero decir la caja de fusiles; detúvose cerca de aquel queso de Limburg un momento y luego volvió y sentóse a mi lado, pareciendo como si estuviera en gran manera impresionado. Luego de una pausa contemplativa, dijo, señalando la caja con un ademán:
-¿Amigo suyo?
-Sí -respondí suspirando.
-Estará maduro, ¿verdad?
Permanecimos en silencio, casi diría por espacio de dos minutos; no nos atrevíamos a decir nada; demasiado preocupados estábamos con nuestros propios pensamientos. Luego Thompson dijo en voz baja, espantada:
-A veces no es seguro si están muertos de verdad o no lo están. Parecen muertos, ¿sabe? Tienen todavía el cuerpo caliente y flexibles las articulaciones; así que, aunque pienses que están muertos, no lo conoces de una manera cierta. Es algo verdaderamente terrible, porque ignoras si, en un momento dado, se levantarán lo más satisfechos del mundo y te mirarán fijamente.
Luego después de una pausa, y levantando ligeramente su codo hacia la caja, dijo:
- ¡Pero él no está sólo dormido! No, señor, no; ¡de éste sí que lo aseguraría!
Nos sentamos algún rato, silenciosamente pensativos, escuchando atentamente el viento y el rugir del tren.
Luego Thompson dijo, con voz ternísima:
-Al fin y al cabo, todos tenemos que hacer nuestro paquetito un día u otro: nadie se escapa. Hombre nacido de mujer es cosa de pocos días, hay de él para poco rato, como dice la Sagrada Escritura. Sí, mírelo usted como quiera; es terriblemente solemne y curioso: nadie puede regresar; todo el mundo tiene que irse, todo el mundo; es la pura verdad. Se encuentra usted un día sano y fuerte -al decir esto se puso de puntillas y rompió un cristal, y sacó fuera la nariz un momento, y luego se sentó de nuevo, mientras yo, a mi vez, me esforzaba para encaramarme y sacaba mi nariz por el mismo sitio, y así continuamos moviéndonos de vez en cuando-, y al día siguiente le arrancan a usted, y aquellos lugares que le habían conocido no le conocen ya más, como dice la Sagrada Escritura. Sí, verdaderamente, es algo espantosamente solemne y curioso: todos tenemos que marcharnos un día u otro, y nadie escapa a esta fatalidad.
Hubo de nuevo una larga pausa. Luego:
-¿De qué murió?
-Dije que lo ignoraba.
-¿Cuánto tiempo hace que está muerto?
Creí que lo más prudente era exagerar los hechos, por no parecer fuera de las probabilidades; así pues, dije:
-Dos o tres días.
Pero de nada me sirvió, porque Thompson recibió mis palabras con una mirada fría, ofendida, que evidentemente significaba: "Tres o cuatro años, quiere usted decir". Después, marchó tranquilamente hacia la caja, estuvo unos momentos allí, y luego, volviendo rápidamente, contempló el cristal roto, observando:
-Habríamos disfrutado de un golpe de vista endiabladamente mejor en todo alrededor si lo hubiera enviado usted el pasado verano.
Sentóse Thompson y encerró su rostro en su rojo pañuelo de seda, y empezó a balancearse poco a poco, meciendo su cuerpo, como quien saca fuerzas de flaqueza para soportar algo casi insoportable. En aquel entonces, la fragancia (si de ello podemos llamar fragancia) casi ahogaba. La cara de Thompson volvíase pálidamente gris; yo sentía que la mía había perdido completamente su color. Pronto Thompson descansó su frente sobre su mano izquierda, con el codo apoyado sobre su rodilla, intentando hacer revolotear el rojo pañuelo hacia la caja con la otra mano. Y dijo:
-Más de uno he trajinado en mi vida (y más de uno considerablemente recocido, también); pero por Dios, es-
te los gana a todos. Comparados con este capitán, ¡aquéllos eran heliotropos!
Esta especial designación de mi pobre amigo me dejó satisfecho, a pesar de las tristes circunstancias, porque tenía todo el aspecto de un cumplido.
Pronto a todas luces fue evidente que se precisaba hacer algo. Entonces propuse encender unos cigarros. Thompson creyó que era una buena idea. Dijo:
-Es posible que esto le ponga algo mejor.
Echamos largo rato espesas bocanadas de humo con todo el cuidado, e hicimos cuantos esfuerzos pueden imaginarse para creer que las cosas habían mejorado; pero todo fue inútil. Al cabo de un rato ambos cigarros cayeron quedamente de nuestros insensibles dedos al mismo tiempo. Thompson dijo suspirando:
-No; el capitán no mejora un ápice. De hecho, empeora; parece como si esto aguijoneara su ambición. ¿Qué partido cree usted que sería mejor tomar ahora?
No me sentí capaz de sugerir ninguno; había tenido que sufrir tanto todo el rato, que no tenía ni fuerzas para hablar. Thompson empezó a refunfuñar de una manera inconexa y abrumadora sobre los tristes experimentos de aquella noche, y tomó la costumbre de referirse a mi pobre amigo aplicándole diferentes títulos, a veces militares, a veces civiles; y reparé que al mismo tiempo que aumentaba la eficiencia de mi amigo, Thompson le ascendía en consecuencia: le aplicaba mayor título. Al fin, dijo:
-Se me ha ocurrido una idea. Supongamos que nos agacháramos y diésemos al coronel un pequeño empujón hacia el otro extremo del vagón, unos diez pasos, por
ejemplo. ¿No os parece que entonces no sería tanta su influencia?
Por mi parte dije que me parecía bueno el proyecto. Así que respiramos profundamente aire fresco por el cristal roto, calculando conservarlo hasta terminar nuestro cometido. Luego nos dirigimos hacia allí, inclinándonos sobre aquel queso mortífero, y cogimos fuertemente la caja. Thompson hizo con la cabeza una señal: "Listos" y entonces nos echamos hacia delante con todas nuestras fuerzas; pero Thompson resbaló y cayó de bruces, con la nariz sobre el queso, perdiendo completamente el aliento. Y empezó a sentir náuseas, ganas de vomitar, y movía torpemente su boca, y pegó un salto y echó a correr hacia la puerta, dando patadas y gritando roncamente:
-¡Dejadme! ¡Paso libre!... ¡Me muero!... ¡Paso libre!...
Cuando nos encontrábamos en la fría plataforma sostuve un rato su cabeza y pareció como si volviera en sí. Inmediatamente dijo:
-¿Cree usted que hemos apartado algo al general?
Dije que no; ni se había movido del sitio.
-Bien, pues no nos queda otro remedio que abandonar esta idea. Debemos pensar en otra cosa. El hombre se encuentra bien donde está, creo yo; y si ésos son sus sentimientos y ha tomado la decisión de no dejarse estorbar, puede usted apostar lo que quiera, que lo que es él no se dejará convencer ni por el más pintado. Sí: mejor es que lo dejemos donde está y que allí se quede todo el tiempo que le plazca; dispone en su juego de las cartas mejores, ¿sabe usted?, y es inútil que por nuestra parte nos esforcemos en torcer su suerte. Siempre seremos nosotros los que saldremos perdiendo.
Pero tampoco podíamos quedarnos fuera con aquella loca tempestad que nos habría helado mortalmente. Así que volvimos a entrar, cerramos la puerta y empezamos a sufrir de nuevo y a tomar turno para respirar el fresco por el agujero de la ventana. Al poco rato, cuando salíamos de una estación donde nos habíamos detenido unos momentos, Thompson entró a grandes zancadas, y exclamó:
-¡Vamos, ahora sí que la cosa marchará bien! Me parece que ahora vamos a despedirnos del comodoro. Creo haber logrado en esta estación el material a propósito para desarmarle de una vez.
Era ácido fénico. Tenía como una media vasija. Salpicó ácido fénico a su alrededor por todas partes. Tanto esparció, que lo empapó todo: caja de fusiles, queso y todo lo demás que había por allí. Al terminar esta operación nos sentamos, henchidos nuestros corazones de esperanza. Pero nuestra satisfacción no debía durar mucho rato. ¿Comprendéis? Los dos perfumes empezaron a mezclarse, y entonces. . . Nada, que muy pronto tuvimos que salir de nuevo al exterior, y que, una vez fuera, Thompson enjugó su cara con el pañuelo de seda rojo, y dijo, completamente descorazonado:
-Es en vano. No tenemos manera de deshacernos de él. Precisamente se aprovecha de cuanto imaginamos para modificarlo, poniendo en ello su olor. ¿Sabe, capitán, que ahora nos encontramos cien veces peor que cuando empezó a soltarse? En mi vida he visto otro tan desalado en su cometido y que parara en ello tan condenado cuidado. No, señor; jamás en mi vida, con el tiempo que hace que estoy empleado en el ferrocarril. Y cuente usted, como le decía antes, que he llevado una infinidad.
Entramos de nuevo, porque no podíamos soportar el frío terrible que se apoderaba de nuestros cuerpos; pero ahora era imposible permanecer allí dentro unos segundos. Así que no nos quedó otro remedio que bailar un vals y sacando la nariz a medias ora adelante ora atrás, helándonos y deshelándonos y ahogándonos a intervalos. Al cabo de una hora, poco más o menos, nos detuvimos en otra estación; y cuando el tren arrancó de nuevo, Thompson compareció con un saco y dijo:
-Capitán, voy a hacer otra prueba, la última; y si con esto no le abrumamos, no nos toca otro remedio que echarlo todo por la borda y salir pitando. De esta manera acostumbro explicar el cómo y el por qué.
Traía un montón de plumas de gallina, y manzanas secas, y hojas de tabaco, y harapos, y zapatos viejos, y azufre, y asafétida, y algo más; lo amontonó sobre una cierta extensión de placa de hierro, en el suelo, pegándole fuego. Cuando éste hubo tomado impulso, no llegué a comprender cómo era posible que el mismo cadáver pudiera soportarlo. Cuanto habíamos experimentado hasta entonces era poesía comparado con aquel tremendo olor; pero, entendámonos bien, el primitivo olor sobresalía en medio de todos los demás, tan soberano como siempre. De hecho parecía como si todos aquellos otros resabios le dieran más empuje; y, ¡vaya!, ¡con qué abundancia se desparramaba! No hice estas reflexiones allí dentro (no hubo tiempo para ello), sino en la plataforma. Y mientras huía hacia ésta, Thompson cayó medio ahogado, y antes de que yo le arrastrase al exterior, como lo hice, cogiéndolo por el cuello, estuve en un tris de caer yo mismo desvanecido. Cuando recobramos el sentido, Thompson dijo completamente abatido:
-No nos queda más remedio que quedarnos en la plataforma, capitán. Tenemos que permanecer aquí quiérase o no. El gobernador quiere viajar solo, se ha empeñado en ello. Así que él tiene que ganar la partida.
Y seguidamente añadió:
-Y, ¿lo comprende usted?, estamos envenenados. Este es nuestro último viaje, podéis estar completamente seguro de ello. Una fiebre tifoidea, he aquí lo que saldrá de todo esto. Por mi parte empiezo a sentir que me viene encima, ahora, ahora mismo. Sí, señor; hemos sido predestinados, tan cierto como que ha nacido usted.
Una hora después fuimos retirados de la plataforma, completamente helados e insensibles, en la estación siguiente, y yo caí inmediatamente en una fiebre virulenta, sin recobrar el conocimiento por espacio de tres semanas. Supe más tarde que pasé aquella terrible noche con una caja de inofensivos fusiles y un queso magníficamente inocente; pero cuando esto me comunicaron era ya demasiado tarde para salvarme: la imaginación había hecho su recorrido, y mi salud quedó alterada para siempre. Ni las Bermudas ni otra tierra alguna me la puede devolver jamás. Este es mi último viaje, y me voy derechito hacia casa, a morir.

FIN

(Extraída de An Idle Excursion, donde se relata un viaje a las Bermudas).


EL ORGANISTA Henryk Sienkiewicz




La nieve congelada era espesa, durísima, pero no muy alta; Klen tenía las piernas largas, y caminaba con paso acelerado por la carretera que va de Zagrabia a Ponikly. Andaba así, tan de prisa, porque a medida que el crepúsculo avanzaba hacíase el frío más intenso; cosa poco agradable para quien, como él, llevaba vestidos tan ligeros. Una casaca corta, y encima un abrigo de pieles más corto todavía; unos calzones negros, que no le llegaban al tobillo, y un par de botas cuajadas de tajos y remiendos. Este era todo su equipo. En la mano llevaba un oboe; en la cabeza, un sombrero, a través del cual podían verse las estrellas, y en el estómago, unas cuantas copitas de ron.
Su espíritu vibraba presa de la serena emoción que nace de la alegría, y su corazón rebosaba de inmenso júbilo. Y a fe que tenía motivos sobrados para estar contento. Aquella misma mañana había firmado un contrato con el canónigo Krayewski en virtud del cual entraba en posesión del destino de organista en la parroquia de Ponikly. ¡Organista de Ponikly! ¡El, que todavía el día antes andaba como un gitano, de pueblo en pueblo, de mercado en mercado, de mesón en mesón, de fiesta en fiesta; él, que no dejaba escapar boda ni bautizo sin apañarse para ganarse algunas monedas de cobre con su oboe o con el órgano, que manejaba mejor que todos los organistas de la comarca!… ¡Organista de Ponikly!
Desde ahora iba a empezar para él una existencia metódica y tranquila; poseería casa propia, podría cultivar un huertecito todo suyo… Una casita, un huerto, un sueldo fijo de ciento cincuenta rublos anuales, amén de otros ingresos probables; un cargo honrosísimo, ya que sus servicios estaban dedicados única y exclusivamente a la gloria de Dios y podían, por lo tanto, equipararse con los de sus propios ministros…
¿Qué más podía apetecer? ¡Y pensar que tiempo atrás, siendo como era el mejor organista de la comarca, cualquier rústico de Zagrabia o de Ponikly, por el mero hecho de poseer dos yugadas de tierra, se creía con derecho a mirarle por encima del hombro!… No dejarían de saludarle ahora, ahora que desempeñaba un cargo tan importante; porque no era cosa de tomarse a broma eso de ser organista de una parroquia tan grande como la de Ponikly.
A decir verdad, Klen aspiraba a este destino desde mucho tiempo; mas viviendo todavía el señor Milnitzki, su antecesor, ni remotamente había que pensar en la realización de aquel ardiente anhelo. Es verdad que a duras penas podía el buen anciano mover sus gotosos dedos sobre el teclado, por lo cual salíanle las melodías horriblemente contrahechas y desafinadas; pero por espacio de veinte años había estado sirviendo a Dios al lado del señor canónigo, y ni por asomo se hubiera atrevido éste a pensar que podía ser substituido en vida.
Pero un día la yegua del señor canónigo, enfurecida de pronto, y sin que nadie supiese por qué, dio al anciano organista una coz tan descomunal en pleno pecho, que lo mandó al otro mundo en cosa de tres días. Y no se entretuvo Klen; presentose inmediatamente al canónigo, y le hizo en toda regla la demanda del empleo vacante por la muerte del señor Milnitzki. Y como quiera que el canónigo había tenido ocasión infinidad de veces de admirar la destreza y la pericia de Klen, y sabía perfectamente lo difícil que hubiera sido encontrar quien rivalizar pudiera y más digno sucesor de su difunto amigo fuera, ni aun buscándolo en la ciudad, no titubeó un segundo en concederle la prebenda.
Pero ¿cómo era que Klen supiese tocar con tanta perfección, no sólo el órgano, sino también el oboe y otros diversos instrumentos? ¿De quién había heredado tan asombrosas aptitudes? De su padre, no por cierto. Este, sencillo campesino de Zagrabia, después de haber rodado medio mundo como soldado en sus mocedades, habíase visto reducido a fabricar sogas y cordeles de cáñamo, consolándose de la ruindad del oficio con el humo que todo el santo día sorbía de su pipa, único instrumento que con los labios sabía manejar.
Klen, por el contrario, ya de niño se metía siempre donde había música, quedándose absorto largas horas, cual si en éxtasis estuviera. Ya mayorcito, había hallado la manera de ser útil al señor Milnitzki tirando del fuelle del órgano, y el anciano organista de Ponikly, que conocía la afición del muchacho, enseñole a tocar su instrumento. A los tres años ya sabía Klen más que su maestro. Un día, inopinadamente, desapareció el joven músico del país con una farándula de músicos ambulantes llegados a Zagrabia Dios sabe cómo.
Muchos años estuvo con ellos errando como un perro vagabundo por villas, pueblos y villorrios, ganándose el sustento en las ferias, en los banquetes, en las iglesias, en todas partes donde había posibilidad de embolsar unas perras. Más tarde, muertos o dispersados sus compañeros, volviose a Zagrabia, flaco, andrajoso, pobre como una rata, y desde entonces había vivido libre como un pájaro, pidiendo al aire su sustento y poniendo su música, ora al servicio de Dios, ora al servicio de los hombres.
De esta suerte fue su nombre, poco a poco, adquiriendo mucha fama, pese a algunos de sus paisanos, que le reprochaban su «liviandad». Se hablaba de él en Zagrabia, en Ponikly y en todas las cercanías. Decían las gentes: «Será lo que queráis; pero lo cierto es que cuando Klen coge su instrumento y se pone a tocar, hasta Dios debe tenerle envidia, porque con su música les hace saltar las lágrimas a los hombres».
A veces le preguntaban: -Oye, estimado Klen: ¿tendrás, acaso, dentro de ti un diablo que te inspire?
Y, en efecto, era muy de creer que un diablo se había posesionado de aquel hombre enjuto, de tronco anguloso y largas piernas.
En las principales festividades del año o en las grandes solemnidades habíale llamado alguna vez el señor canónigo para que substituyera provisionalmente al anciano Milnitzki. En semejantes ocasiones olvidábase por completo de sí mismo y de cuanto le rodeaba; y cuando los corazones de los fieles palpitaban recogidos en la devoción; cuando subía el incienso hacia la bóveda del templo, extendiéndose en nubes olorosas; cuando el órgano mezclaba sus voces a las voces del pueblo que cantaba a Dios sus alabanzas, él puede decirse que no existía. Los cantos y los himnos de los feligreses, el tañido de las campanas, el flamear de los cirios en el altar, el áureo centelleo de los candelabros y de los relicarios, el perfume de la mirra, del ámbar y otras esencias tropicales, le embriagaban, haciendo volar su espíritu más allá de las regiones terrestres. Y cuando el canónigo, entornando los ojos, alzaba la custodia, resplandeciente de luz, para bendecir al pueblo, entonces Klen, desde su puesto, inclinaba también la cabeza, y en el inefable arrobamiento de su espíritu parecíale que el órgano tocaba solo, que las voces de sus cañones se elevaban como olas, fluían como ríos, chorreaban como manantiales; que llenaban la iglesia toda, flotando bajo la bóveda, junto al altar, mezcladas con el humo de los incensarios, con los rayos del Sol y con las almas de los fieles prosternados: unas, potentes y majestuosas como truenos; otras, como cantos humanos, llenas de palabras vivas, y otras, aun suaves, menudas, sueltas como lentejuelas o como trinos de ruiseñor.
Acabada la misa, bajaba Klen por la angosta escalera del órgano con el alma todavía vibrante de entusiasmo y los ojos encantados y llenos de estupor, cosa que él, hombre sencillo, atribuía al cansancio. En la sacristía, el canónigo le ponía unos groszy en la palma de la mano, mientras cuchicheaba al oído una alabanza, y ya entonces se marchaba Klen, mezclándose con los fieles, que se estrujaban en el umbral de la iglesia para salir. Y la gente le saludaba siempre -por más que no tuviese ni tierras ni choza…- con inequívocas muestras de estimación.
Pero no era la consideración de sus paisanos lo que a Klen más le interesaba. Era otra cosa, una cosa que Klen anteponía a todo: a Zagrabia, a Ponikly, al mundo entero, y esta cosa era Olka, la hija del ladrillero de Zagrabia. Aquella muchacha se le había puesto en el corazón como una garrapata, valiéndose de sus ojos azules como dos acianos, de sus blancas mejillas y de sus labios rojos cual cerezas. En los momentos de sangre fría -raros, en verdad-, bien comprendía Klen que jamás el ladrillero habría de darle su hija por esposa, y decíase entonces, viendo claro en la cuestión, que más le valdría no pensar más en ella. Pero también comprendía, lleno de espanto, que jamas, jamás podría el muy cuitado olvidar a la muchacha, y triste, cabizbajo, pensaba para sus adentros:«¡Demonio, y cómo se me ha colado en las entretelas del corazón!
¡Ni con tenazas sería posible arrancarla!» Por ella abandonó su vida trashumante; por ella vivía, respiraba, y cuando tocaba el órgano, con sólo pensar que Olka tal vez le estaba escuchando salíanle las tocatas de un modo magistral.
Y ella, ella le empezó a querer por lo bien que tocaba; pero luego púsose a amarle por lo que valía en sí y con toda su alma. Nada había en el mundo para Olka como aquel hombre, a pesar de su cara estrambótica y aceitunada, de sus ojos errabundos, de su casaca raída, de su menguado abrigo de pieles, que no alcanzaba a taparle la casaca, y de aquellas piernas tan largas que más bien parecían las de una cigüeña.
Quien no compartía este mismo modo de pensar era el padre de la muchacha, el ladrillero de Zagrabia, el cual, por cuanto se encontraba muchas veces sin una perra en el bolsillo, no hubiera consentido jamás en dar su Olka a Klen. «A la niña», decíase el ladrillero, «todo el mundo la pretende. ¿Para qué, pues, uncirla al carro de ese azotacalles de Klen?» Y apenas si le dejaba traspasar de vez en cuando al pobre músico la puerta de su casa.
Pero con la muerte del viejo Milnitzki y el subsiguiente nombramiento de organista de Ponikly, ya tomaban las cosas un diverso aspecto. Aquella misma mañana, apenas firmado el contrato, había volado Klen a casa del ladrillero, que le había acogido con las siguientes palabras: -No quiere decir esto que ya te dé mi consentimiento; pero, vamos, un organista ya no es un azotacalles.
Y hablándole así, habíale hecho entrar en casa, obsequiándole luego con unas copitas de buen ron, tratándole con toda clase de miramientos. Y al presentarse Olka, mucho se había regocijado el viejo en presencia de los dos jóvenes de que Klen fuese ya todo un señor, de que poseyese una casita propia y un huertecito, todo suyo, y de que después del señor canónigo fuese el más notable personaje de Ponikly.
El joven organista se había quedado allí toda la tarde, con gran regocijo suyo y de su adorada Olka, y regresaba ahora a Ponikly por la carretera cubierta de nieve, envuelto en la púrpura del crepúsculo. El frío se iba haciendo más y más intenso; pero andaba Klen con paso acelerado, sin reparar en ello, absorto y embelesado por el recuerdo de los acontecimientos de aquel día.
Y en verdad que había sido aquel día un día bien feliz, como jamás recordaba haber pasado otro igual en su vida.
Por la carretera, desnuda, sin un árbol, serpenteando a través de los prados cubiertos de nieve congelada, que tomaba a la luz del ocaso reflejos rojos y azulados, llevaba Klen su felicidad, cual diminuta linterna luminosa que debía ya para siempre iluminarle en las tinieblas.
Mientras caminaba volvía a vivir con el recuerdo los episodios del día aquel. Una a una veníansele al pensamiento las palabras que el canónigo le dirigiera por la mañana, al conferirle el nombramiento suspirado, y la firma del contrato, y la amistosa acogida del ladrillero, y, más que todo, las palabras que Olka le había cuchicheado en un momento en que habían quedado solos: -Para mí eres siempre el mismo. Yo te hubiera seguido a todas partes, con los ojos cerrados, hasta más allá de los mares. Pero es mejor así, porque así padre estará contento.
Entonces Klen, emocionado y con el corazón henchido de gratitud, habíala besado en el codo, sin acertar a decir otras palabras que las siguientes:
-¡Que Dios te lo pague, Olka, por toda la eternidad! Amén.
Ahora, al recordarlas, parecíale que había estado un poco ridículo, y se avergonzaba de haberle besado el codo y de haberle contestado tan lacónicamente. Arrepentíase de ello también porque no le cabía duda alguna de que en aquel momento le hablaba Olka con la mayor seriedad, de que era certísimo de que le hubiera seguido más allá de los mares, si el padre se lo hubiera permitido. ¡Oh, querida, querida Olka! ¡Qué delicioso sería caminar en este momento, apoyado en tu brazo, por esa carretera triste, desierta, sepultada bajo la nieve!
-¡Oh, corazoncito mío, dueña y señora mía! -murmuraba Klen, acelerando más y más el paso.
Y crujía más fuerte la nieve bajo sus plantas.
Al cabo de un instante pensó: -¡Una muchacha como Olka es imposible que mienta!
Y, de repente, un sentimiento de inmensa gratitud le inundó el corazón. Si en aquel instante hubiese tenido a Olka a su lado, de seguro que no hubiera podido resistir la tentación de abrazarla y estrecharla con todas sus fuerzas contra su pecho. Eso es lo que hubiera debido hacer por la tarde al despedirse… ¿Pero acaso no sucede siempre así? Es precisamente en el momento de obrar o de hablar con el corazón en la mano cuando el hombre se pone más torpe y se le traba la lengua. ¡Oh, cuánto más fácil resulta tocar el órgano!
Mientras tanto, las fajas purpúreas y doradas que cerraban el horizonte íbanse transformando poco a poco en doradas cintas de color ámbar. Llegaba la noche, y las estrellas aparecían en el firmamento, mirando desde lo alto a la tierra, con la glacial severidad con que acostumbran a mirar en las heladas noches del invierno.
El frío iba siempre en aumento, y el nuevo organista de Ponikly sentía que le penetraba hasta los huesos y le quemaba las orejas. Como sabía tan bien el camino, decidiose a ir a través de los prados, para acortar el trayecto y llegar más pronto a casa. Muy pronto encontrose, pues, en el espacio que la nieve había puesto liso y uniforme, y en el cual se destacaba en negro su silueta larga y estrambótica.
Entonces le vino la idea de echar una tonadilla con su oboe para matar el tiempo, al par que para mover los dedos, cuyas yemas se le iban helando. Y cosa singular: aquellas notas, cual si tuvieran miedo de la inmensa llanura, blanca y solitaria, salían del instrumento tímidas y temblorosas, y la cosa era más de extrañar toda vez que tocaba Klen alegres melodías. Eran las canciones que había tocado aquella misma tarde en casa del ladrillero, entre dos copitas de ron, y que Olka había ido siguiendo con su linda vocecita. Había querido empezar por la que había escogido primero Olka, y que decía: Iguala, Dios mío, valles y montañas, a fin de que todo, todo sea igual; haz, Dios mío, que hasta mí llegue mi amada sin tardanza, para consolar mi mal.
Pero la tonadilla no le había agradado al ladrillero, por demasiado sencilla y pastoril, pues gustábanle coplas más refinadas. Entonces habían escogido otra que Olka había aprendido en la casa señorial de Zagrabia: Ludovico, el buen infanzón, sale de caza; Elena, bella como un sol, queda en la cama.
Vuelve el infanzón; chilla y late la jauría; clarines suenan… Duerme Elena todavía.
Esta sí que le había gustado al ladrillero; pero la mejor, sin disputa, había sido la «Canción de la jarra verde», que había provocado en los tres sonoras carcajadas. En esta canción, una moza se lamenta amargamente ante los tiestos de su jarra rota: ¡Roto me has, señor, la jarra verde!
Y el caballero, queriéndola consolar, la replica inmediatamente: ¡Cesa, mi niña, no llores, no; la jarra verde te pago yo!
Olka, al cantar, alargaba cuanto podía las palabras: «La ja a rra ve e erde», y estallaba luego en grandes risotadas; entonces Klen, soltando el oboe, le contestaba en tono patético, como el caballero de la canción: ¡Cesa mi niña, no llores, no!
Y ahora, en medio de la noche, volvía a tocar la «Canción de la jarra verde» y al evocar la alegría y el holgorio de la tarde, poníase a reír cuanto se lo permitían los labios, atareados en tocar el instrumento.
Pero el frío se hacía más y más intenso; poco a poco, los labios se le pegaban, ateridos, al oboe, y los dedos, en lugar de ablandárseles, se lo ponían más tiesos. Pronto ya no le fue posible tocar, y continuó caminando, algo jadeante, con la cara envuelta en niebla.
Al cabo de un rato experimentó una gran fatiga. No había pensado en que en los prados se acumula la nieve mucho más que en las carreteras, y que le sería más penoso sacar sus largas piernas de aquel espesor. Aquí, allá, por la inmensa llanura blanca, había surcos y zanjas que la nieve había colmado, disimulándolos, y en los que se hundía Klen hasta las rodillas. ¡Cuánto se arrepentía el pobre organista de haber dejado la carretera! Allí, por lo menos, podía haber encontrado algún carro que lo hubiera llevado hasta Ponikly.
En el firmamento brillaban las estrellas con creciente fulgor; el frío aumentaba cada vez más, y Klen prosiguió su camino de prisa, muy de prisa, bañada en sudor la frente. De vez en cuando se alzaban unos soplos de viento que desde los prados corrían hacia el río, y que le penetraban al pobre Klen hasta los huesos.
Una vez más probó a llevarse el oboe a los labios; mas el andar con la boca tapada le causaba enorme fatiga. Entonces se sintió rodeado de una terrible soledad… ¡Qué impregnado estaba todo de quietud, de misterio, de extraña y sorda calma!… Y no ya a Ponikly, donde le aguardaba su tibia casita, sino a Zagrabia voló su pensamiento: «A estas horas ya debe estar Olka preparándose para acostarse -pensaba-; ¡pero, gracias a Dios, es bien caliente su choza!» Y la certeza de que Olka estaba bien guardada del frío en su aposento era para su corazón un gran consuelo, consuelo tanto mayor cuanto más intenso era el frío que él sentía.
Finalmente, llegó al límite de los prados, allá donde empiezan los pastos, que están salpicados de matorrales de enebro. Sentíase Klen tan fatigado, que la sola idea de descansar un rato bajo uno de aquellos espesos matorrales le daba una gran alegría. Pero pensó: «Me voy a quedar helado», y continuó andando.
Por desgracia, en derredor de las matas de enebro, como también al pie de los setos, la nieve se amontona, y forma como unos alzamientos de terreno. Klen franqueó algunos de estos alzamientos, pero con enorme fatiga; luego, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, díjose: «¡Voy a sentarme; mientras no me duerma no hay peligro de que me quede helado!» Sentose, y para ahuyentar el sueño volvió a tocar la «Canción de la jarra verde». Otra vez las notas salían del oboe tristes y miedosas y resonaban lúgubremente por la llanura congelada; pero los párpados del pobre músico pesaban como piedras sobre sus pupilas y la melodía de la jarra verde decrecía poco a poco, hasta que, por último, se extinguió.
Pero todavía luchaba Klen con el sueño, conservando su lucidez; todavía pensaba en Olka… Unicamente cada vez se sentía más solo, más abandonado en aquel inmenso espacio vacío, y, por fin, una gran estupefacción pareció invadirle todo al ver que Olka no estaba allí con él, en medio de aquella noche y de aquel yermo… Entonces exclamó: -¡Olka! ¿Dónde estás?
Al poco rato volvió a exclamar, como si la llamara: -¡Olka!…
Y sus manos crispadas dejaron caer el oboe..
Al día siguiente los primeros albores del amanecer iluminaron el cuerpo de Klen: sentado sobre la nieve, con el oboe a sus pies, sus largas piernas parecían petrificadas y su cara, amoratada, parecía asombrada y atenta a la vez a las últimas notas de la «Canción de la jarra verde».


FIN

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA TÍA FINGIDA Miguel De Cervantes



(cuya verdaderahistoria sucedió en Salamanca el año de 1575)
(Ms. Porras)

Pasando por cierta calle de Salamanca dos estudiantes mancebos y manchegos, más amigos del baldeo y rodancho que Bártulo y Baldo, vieron en una ventana de una casa y tienda de came una celosía, y pareciéndoles novedad, porque la gente de la tal casa, si no se descubila y apregonaba, no se vendía, y queriéndose informar del caso, deparóles su diligencia un oficial vecino, pared en medio, el cual les dijo:
-Señores, habrá ocho días, que vive en esta casa una señora forastera, medio beata y de mucha autoridad. Tiene consigo una doncella de estremado parecer y brío, que dicen ser su sobrina. Sale con un escudero y dos dueñas, y según he juzgado es gente honrada y de gran recogimiento: hasta ahora no he visto entrar persona alguna de esta ciudad, ni de otra a visitallas, ni sabré decir de cuál vinieron a Salamanca. Mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta, y que el fausto y autoridad de la tía no es de gente pobre.
La relación que dio el vecino oficial a los estudiantes, le puso codicia de dar cima a aquella aventura; porque siendo pláticos en la ciudad, y deshollinadores de cuantas ventanas tenían albahacas con tocas, en toda ella no sabían que tal tía y sobrina hubiesen cursantes en su Universidad, principalmente que viniesen a vivir a semejante casa, en la cual, por ser de buen peaje, siempre se había vendido tinta, aunque no de la fina: que hay casas, así en Salamanca como en otras ciudades, que llevan de suelo vivir siempre en ellas mugeres cortesanas, y por otro nombre trabajadoras o enamoradas.
Eran ya cuasi las doce del día, y la dicha casa estaba cerrada por fuera, de lo cual coligieron, o que no comían en ella sus moradoras, o que vendrían con brevedad; y no les salió yana su presunción, porque a poco rato vieron venir una reverenda matrona, con unas tocas blancas como la nieve, más largas que una sobrepelliz de un canónigo portugués, plegadas sobre la frente, con su ventosa y con un gran rosario al cuello de cuentas sonadoras, tan gordas como las de Santenuflo, que a la cintura la llegaba: manto de seda y lana, guantes blancos y nuevos sin vuelta, y un báculo o junco de las Indias con su remate de plata en la mano derecha, y de la izquierda la traía un escudero de los del tiemPo del Conde Fernán González, con su sayo de velludo, ya sin vello, su martingala de escarlata, sus borceguíes bejaranos, capa de fajas, gorra de Milán, con su bonete de ahuja, porque era enfermo de vaguidos, y sus guantes peludos, con su tahalí y espada navarrisca. Delante venía su sobrina, moza, al parecer, de diez y ocho años, de rostro mesurado y grave, más aguileño que redondo: los ojos negros rasgados, y al descuido adormecidos, cejas tiradas y bien compuestas, pestañas negras, y encamada la color del rostro: los cabellos plateados y crespos por artificio, según se descubrían por las sienes: saya de buriel fino, ropa justa de contray o frisado, los chapines de terciopelo negro con sus claveles y rapacejos de plata bruñida, guantes olorosos, y no de polvillo sino de ámbar. El ademán era grave, el mirar honesto, el paso ayroso y de garza. Mirada en partes parecía mui bien, y en el todo mucho mejor; y aunque la condición e inclinación de los dos manchegos era la misma, que es la de los cuerbos nuevos, que a cualquier carne se abaten, vista la de la nueva garza, se abatieron a ella con todos sus cinco sentidos, quedando suspensos y enamorados de tal donaire y belleza: que esta prerrogativa tiene la hermosura, aunque sea cubierta de sayal. Venían detrás dos dueñas de honor, vestidas a la traza del escudero.
Con todo este estruendo llegó esta buena señora a su casa, y abriendo el buen escudero la puerta, se entraron en ella; bien es verdad que al entrar, los dos estudiantes derribaron sus bonetes con un extraordinario modo de crianza y respeto, mezclado con afición, plegando sus rodillas e inclinando sus ojos, como si fueran los más benditos y corteses hombres del mundo. Atrancáronse las señoras, quedáronse los señores en la calle, pensatibos y medio enamorados, dando y tomando brevemente en qué hacer debían, creyendo sin duda, que pues aquella gente era forastera, no habrían venido a Salamanca a aprender leyes, sino para quebrantarlas. Acordaron, pues, de darle una música la noche siguiente; que este es el primer servicio que a sus damas hacen los estudiantes pobres.
Fuéronse luego a dar fin y quito a su pobreza, que era una tenue porción, y comidos que fueron y no de penos convocaron a sus amigos, juntaron guitarras e instrumentos, previnieron músicos, y fuéronse a un poeta de los que sobran en aquella ciudad, al cual rogaron que sobre el nombre de Esperanza -que así se llamaba la de sus vidas, pues ya por tal la tenían- fuese servido de componerles alguna letra para cantar aquella noche; mas que en todo caso incluyese la composición el nombre de Esperanza. Encargóse de este cuidado el poeta, y en poco rato, mordiéndose los labios y las uñas, y rascándose las sienes y frente, forjó un soneto, como lo pudiera hacer un cardador o peraile. Diósele a los amantes, contentóles, y acordaron que el mismo autor se lo fuese diciendo a los músicos, porque no había lugar de tomallo de memoria.
Llegóse en esto la noche, y en la hora acomodada para la solemne fiesta, juntáronse nueve matantes de la Mancha, que sacaron cualquiera de una taza malagan por sorda que fuese, y cuatro músicos de voz y guitarra, un salterio, una arpa, una bandurria, dos cencerros, y una gaita zamorana, treinta broqueles y otras tantas cotas, todo repartido entre una grande tropa de paniaguados, o por mejor decir, pan y vinagres. Con toda esta procesión y estruendo llegaron a la calle y casa de la señora, y en entrando por ella sonaron los crueles cencerros con tal ruido, que puesto que la noche había ya pasado el filo, y aun el corte de la quietud, y todos sus vecinos y moradores de ella estaban de dos dormidas, como gusanos de seda, no fue posible dormir más sueño, ni quedó persona en toda la vecindad, que no dispertase y a las ventanas se pusiese. Sonó luego la gaita las gambetas, y acabó con el esturdión, ya debajo de la ventana de la dama. Luego al son de la harpa, dictándolo el poeta su artífice, cantó el soneto un músico de los que no se hacen de rogar, en voz acordada y suave, el cual decía de esta manera:

Esperanza de vida y de tesoro,
pues no la tiene aquel que no la alcanza.
Si yo la alcanzo, tal será mii andanza,
que no emthidie al francés, al indio, al moro;
por tanto, tu fabor gallardo imploro,
Cupido, Dios de toda dulce holganza.
Que aunque es esta Esperanza tan pequeña,
que apenas tiene años diez y nueve,
será quien la alcanzare un gran gigante.
Crezca el incendio, añádase la leña,
¡o Esperanza gentil! ¿y quién se atreve
a no ser en serviros vigilante?

Apenas se había acabado de cantar este descomulgado soneto, cuando un vellacón de los circunstantes, graduado in utroque jure, dijo a otro que al lado tenía, con voz lebantada y sonora:
-¡Voto a tal, que no he oído mejor estrambote, en todos los días de mi vida! ¿Ha visto Vmd. aquel concordar de versos, y aquella invocación de Cupido, y aquel jugar del vocablo con el nombre de la dama, y aquel imploro tan bien encajado, y los años de la niña tan engeridos, con aquella comparación, tan bien contrapuesta y traída, de pequeña a gigante? Pues ya, la maldición o imprecación me digan, con aquel admirable y sonoro vocablo de incendio.., juro a tal, que si conociera al poeta que tal soneto compuso, que le había de inviar mañana media docena de chorizos que me trajo esta semana el recuero de mi tierra.
Por sola la palabra chorizos, se persuadieron los oyentes ser el que las alabanzas decía estremeño sin duda, y no se engañaron, porque se supo después que era de un lugar de Estremadura, que está junto a Xaraicejo; y de allí adelante quedó en opinión de todos por hombre docto y versado en la arte poética, sólo por haberle oído desmenuzar tan en particular el cantado y encantado soneto.
A todo lo cual se estaban las ventanas de la casa cerradas, como su madre las parió, de lo que no poco se deseperaban los dos desesperados, y esperantes manchegos; pero, con todo eso, al son de las guitarras segundaron a tres voces con el siguiente romance, así mismo hecho a posta y por la posta para el propósito:

            Salid Esperanza mía,
A faborecer el alma,
que sin vos agonizando,
casi el cuerpo desampara.
            Las nubes del temor frío
no cubran vuestra luz clara;
que es mengua de vuestros soles
no rendir quien los contrasta.
            En el mar de mis enojos
tened tranquilas las aguas,
si no quereis que el deseo
dé al través con la Esperanza.
                        Por vos espero la vida,
            quando la muerte me mata,
            y la gloria en el infierno,
            y en el desamor la gracia.


A este punto llegaban los músicos con el romance, cuando sintieron abrir la ventana, y ponerse a ella una de las dueñas, que aquel día habían visto, la cual les dijo, con una voz afilada y pulida:
-Señores, mi Señora Doña Claudia de Astudillo y Quiñones, suplica a vuesas mercedes la reciba su merced tan señalada, que se vayan a otra parte a dar esa música, por escusar el escándalo y mal ejemplo que se da a la vecindad, respecto de tener en su casa una sobrina doncella, que es mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco, y no le está bien a su profesión y estado que semejantes cosas se hagan a su puerta; que de otra suerte, y por otro estilo, y con menos escándalo, la podrá recibir de vuesas mercedes.-
A lo cual respondió uno de los pretendientes:
-Hacedme regalo y merced, señora dueña, de decir a mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco, que se ponga a esa ventana, que la quiero decir solas dos palabras, que son de su manifiesta utilidad y servicio.
-Huy, huy-, dijo la dueña, -en eso por cierto está mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco. Sepa, Señor mío, que no es de las que piensa, porque es mi Señora mui principal, mui honesta, mui recogida, mui discreta, mui graciosa, mui música, y mui leída y escribida, y no hará lo que Vmd. le suplica, aunque la cubriesen de perlas.-
Estando en este deporte y conversación con la repulgada dueña del huy y las perlas, venía por la calle gran tropel de gente, y creyendo los músicos y acompañados que era la Justicia de la ciudad, se hicieron todos una rueda, y recogieron en medio del escuadrón el bagage de los músicos; y como llegase la Justicia, comenzaron a repicar los broqueles y crugir las mallas, a cuyo son no quiso la Justicia danzar la danza de espadas de los hortelanos de la fiesta del Corpus de Sevilla, sino pasó adelante, por no parecer a sus ministros, corchetes y porquerones aquella feria de ganancia. Quedaron ufanos los brabos, y quisieron proseguir su comenzada música; mas uno de los dos dueños de la máquina, no quiso se prosiguiera si la Señora Doña Esperanza no se asomara a la ventana, a la cual ni aun la dueña se asomó, por más que volvieron a llamar; de lo cual enfadados y corridos todos, quisieron apedrealle la casa, y quebralle la celosía, y darle una matraca o cantaleta: condición propia de mozos en casos semejantes. Mas aunque enojados, volvieron a hacer la refacción y deshecha de la música, con algunos villancicos. Volvió a sonar la gaita, y el enfadoso y brutal son de los cencerros, con el cual mido acabaron su música.
Cuasi al alba sería, cuando el escuadrón se deshizo; mas no se deshizo el enojo que los manchegos tenían viendo lo poco que había aprovechado su música, con el cual se fueron a casa de cierto caballero amigo suyo, de los que llaman generosos en Salamanca y se asientan en cabeza de banco: el cual era mozo, rico, gastador, músico, enamorado, y sobre todo amigo de valientes; al cual le contaron mui por estenso su suceso sobre la belleza, donaire, brío, gracia de la doncella: atendió el cual a la belleza y hermosura, al donaire, brío y gracia con que se la describieron, juntamente con la gravedad y fausto de la tía, y el poco o ningún remedio ni esperanza que tenían de gozar la doncella, pues el de la música, que era el primero y postrero servicio que ellos podían hacerla, no les había aprovechado ni servido de más de indignarla con el disfame de su vecindad. El caballero, pues, que era de los del campo través, no tardó mucho en ofrecerles que él la conquistaría para ellos, costase lo que costase; y luego aquel mismo día embió un recaudo, tan largo como comedido, a la Señora Doña Claudia, ofreciendo a su servicio la persona, la vida, la hacienda y su fabor. Informóse del page la astuta Claudia de la calidad y condiciones de su Señor, de su renta, de su inclinación, y de sus entretenimientos y egercicios, como si le hubiera de tomar por verdadero yerno; y el page diciéndole verdad le retrató de suerte, que ella quedó medianamente satisfecha, y embió con él la dueña del huy u del hondo valle, que dice el libro de caballerías, con la respuesta no menos larga y comedida que había sido la embajada. Entró la dueña, recibióla el caballero cortésmente; sentóla junto de sí en una silla, y quitóle el manto de la cabeza, y diole un lenzuelo de encajes con que se quitase el sudor, que venía algo fatigadilla del camino: y antes que le digese palabra del recaudo que traía, hizo que le sacasen una caja de mermelada, y él por su mano le cortó dos bueñas postas de ella, haciéndole enjugar los dientes con dos docenas de tragos de vino del Santo, con lo cual quedó hecha una amapola, y más contenta que si la hubieran dado una Canongía.
Propuso luego su embajada, con sus torcidos, acostumbrados y repulgados vocablos, y concluyó con una mui formada mentira, cual fue, que su Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco estaba tan pulcela como su madre la parió -que si dijera como la madre que la parió no fuera tan grande- mas que con todo eso, para su merced, que no habría puerta de su Señora cerrada. Respondióla el caballero que todo cuanto le había dicho del merecimiento, valor y hermosura, honestidad, recogimiento y principalidad -por hablar a su modo- de su ama lo creía; pero aquello del pulcelazgo se le hacía algo durillo; por lo cual le rogaba, que en este punto le declarase la verdad de lo que sabía, y que le juraba a fe de caballero, si lo desengañaba, darle un manto de seda de los de cinco en púa. No fué menester conesta promesa dar otra vuelta al cordel del mego, ni atezarlelos garrotes para que la melindrosa dueña confesase la verdad, la cual era, por el paso en que estaba y por el de la horade su postrimería, que su Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco estaba de tres mercados, o por mejor decir de tres ventas; añadiendo el cuánto, el con quién ya dónde, con otras mil circunstancias con que quedó don Félix que así se llamaba el caballero satisfecho de todo cuanto saber quería, y acabó con ella, que aquella misma noche lo encerrase en casa, donde y cuando quería hablar a solas con la Esperanza sin que lo supiese la tía. Despidióla con buenas palabras y ofrecimientos, que llevase a sus amas, y dióle en dinero cuanto pudiese costar el negro manto. Tomóla orden que tendría para entrar aquella noche en casa, con lo cual la dueña se fue, loca de contento, y él quedó pensando en su ida y aguardando la noche, que le parecía se tardaba mil años, según deseaba verse con aquellas compuestas fantasmas.
Llegó el plazo, que ninguno hay que no llegue, y hecho un San Jorge, sin amigo ni criado, se fue Don Félix, donde halló que la dueña lo esperaba, y abriéndole la puerta lo entró en casa con mucho tino y silencio y puso en el aposento de su Señora Esperanza tras las cortinas de su cama, encargándole no hiciese algún mido, porque ya la Señora Doña Esperanza sabía que estaba allí, y quei sin que su tía lo supiese, a persuasión suya quería darle todo contento; y apretándole la mano en señal de palabra que así lo haría, se salió la dueña, y D. Félix se quedó tras la cama de su Esperanza, esperando en qué había de parar aquel embuste o enredo.
ºSerían las nueve de la noche, cuando entró a esconderse D. Félix, y, en una sala conjunta a este aposento, estaba la tía sentada en una silla baja de espaldas, y la sobrina en un estrado frontero, y en medio un gran brasero de lumbre: la casa puesta ya en silencio, el escudero acostado, la otra dueña retirada y adormida; sola la sabedora del negocio estaba en pie y solicitando que su Señora la vieja se acostase, afirmando que las nueve que el relox había dado eran las diez, mui deseosa que sus conciertos viniesen a efecto, según su Señora la moza y ella lo tenían ordenado, cuales eran que, sin que la Claudia lo supiese, todo aquello cuanto con que Don Félix cayese y pechase fuese para ellas solas, sin que la vieja tubiese que ver ni haber de ello; la cual era tan mezquina y avara, y tan señora de lo que la sobrina ganaba y adquiría, que jamás le daba un solo real para comprar lo que extraordinariamente hubiese menester, pensando si salle este contribuyente de los muchos que esperaba tener, andando los días. Pero aunque sabía la dicha Esperanza que Don Félix estaba en casa, no sabía la parte secreta donde estaba escondido. Convidada, pues, del mucho silencio de la noche y de la comodidad del tiempo, dióle gana de hablar a Doña Claudia, y así en medio tono comenzó a decir a la sobrina en esta guisa:
Consejo de Estado y Hacienda
-Muchas veces te he dicho, Esperanza mía, que no se te pasen de la memoria los consejos, los documentos y advertencias que te he dado siempre: los cuales, si los guardas como debes y me has prometido, te servirán de tanta utilidad y provecho, cuanto la mesma esperiencia y tiempo, que es maestro de todas las cosas, y aun descubridor, te lo darán a entender. No pienses que estamos aquí en Plasencia, de donde eres natural, ni en Zamora, donde comenzaste a saber qué cosa es mundo y carne ni menos estamos en Toro, donde diste el tercer esquilmo de tu fertilidad, las cuales tierras son habitadas de gente buena y llana, sin malicia ni recelo, y no tan intrincada ni versada en bellaquerías y diabluras como en la que hoy estamos. Advierte, hija mía, que estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias, archivo de las habilidades, tesorera de los bueno s ingenios, y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrojada, libre, liberal, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor. Esto es en lo general, pero en lo particular, como todos. por la mayor parte, son forasteros y de diferentes partes y provincias, no todos tienen unas mesmas condiciones; porque los vizcaínos, aunque son pocos como las golondrinas cuando vienen, es gente corta de razones, pero si se pican de una muger son largos de bolsa, y como no conocen los metales, así gastan en su servicio y sustento la plata, como si fuese hierro de lo mucho que su tierra produce. Los manchegos es gente avalentonada, de los de Cristo me lleve, y llevan ellos el amor a mogicones. Hay también aquí una masa de aragoneses, valencianos y catalanes; tenlos por gente pulida, olorosa, bien criada y mejor aderezada, mas no los pidas más, y si más quieres saber, sábete, hija, que no saben de burlas, porque son, cuando se enojan con una muger, algo crueles y no de mui buenos hígados.-
Los castellanos nuevos, tenlos por nobles de pensamientos y que si tienen dan, y por lo menos si no dan no piden. Los estremeños, tienen de todo como boticarios, y son como la alquimia, que si llega a plata, lo es y si al cobre, cobre se queda. Para los andaluces, hija, hay necesidad de tener quince sentidos, no cinco, porque son agudos y perspicaces de ingenio, astutos, sagaces, y no nada miserables; esto y más tienen si son cordobeses. Los gallegos no se colocan en predicamento, porque no son alguien. Los asturianos son buenos para el sábado, porque siempre traen a casa grosura y mugre. Pues ya los portugueses, es cosa larga de describirte y pintarte sus condiciones y propiedades, porque, como son gente enjuta de celebro, cada loco con su tema; mas la de todos por la mayor parte, es que puedes hacer cuenta que el mismo amor vive en ellos envuelto en laceria.
Mira, pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, si será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajíos e inconvenientes, te señale yo y enseñe un norte y estrella por donde te guíes y rijas, porque no dé al trabés el navío de nuestra intención y pretensa que es pelallos y disfrutallos a todos; y echemos al agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos de él toma codicia.
Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta Universidad, por famoso que sea, que sepa tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en ella y por ella, y por las muchas esperiencias que he hecho, puedo ser jubilada en ella: y aunque lo que agora te quiero decir, es parte del todo que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés atenta y me des grato oído, porque no todas veces lleva el marinero tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, porque según es el viento tal el tiento. Estaba a todo lo dicho, la dicha niña Esperanza, bajos los ojos, y escarbando el brasero con un cuchillo, inclinada la cabeza sin hablar palabra, y al parecer mui contenta y obediente a cuanto la tía. le iba diciendo; pero no contenta Claudia con esto, le dijo:
-Alza, niña, la cabeza, y deja de escarbar el fuego: daba y fija en mí los ojos, no te duermas, que, para lo que te quiero decir, otros cinco sentidos más de los que tienes debieras tener, para aprenderlo y percibirlo.-
A lo cual replicó Esperanza:
-Señora tía, no se canse ni me canse en alargar y proseguir su arenga, que ya me tiene quebrada la cabeza con las muchas veces que me ha predicado y advertido de lo que me conviene y tengo que hacer: no quiera ahora de nuevo volvérmela a quebrar. Mire ahora, ¿qué más tienen los hombres de Salamanca que los de otras tierras? ¿Todos no son de carne y hueso? ¿Todos no tienen alma, con tres potencias y cinco sentidos? ¿Qué importa que tengan algunos más letras y estudios que los otros hombres? Antes imagino yo que los tales se ciegan y caen más presto que los otros, y no se engañan, porque tienen entendimiento para conocer y estimar cuánto vale la hermosura. ¿Hay más que hacer, que incitar al tibio, probocar al casto, negarse al carnal, animar al cobarde, alentar al corto, refrenar al presumido, despertar al dormido, convidar al descuidado, acordar al olvidado, requerir al... escribir al ausente, alabar al necio, celebrar al discreto, acariciar al rico, y desengañar al pobre? ¿Ser ángel en la calle, santa en la iglesia, hermosa en la ventana, honesta en la casa, y demonio en la cama?
-Señora tía, ya todo esto me lo sé de coro: tráigame otras cosas nuevas de que avisarme y advertirme, y déjelas para otra coyuntura, porque le hago saber, que toda me duermo, y no estoy para poderla escuchar. Mas una sola cosa le quiero decir, y le asejuro, para que de ello esté mui cierta y enterada, y es que no me dejaré más martirizar de su mano, por toda la ganancia que se me pueda ofrecer y seguir. Tres flores he dado y tantas a Vmd. vendido, y tres veces he pasado insufrible martirio. ¿Soy yo por ventura de bronce? ¿no tienen sensibilidad mis carnes? ¿no hay más sino dar puntadas en ellas como en ropa des-co sida o desgarrada? Por el siglo de la madre que no conocí, que no lo tengo más de consentir. Deje, Señora tía, ya de rebuscar mi viña, que a veces es más sabroso el rebusco que el esquilmo principal; y si todavía está determinada que mi jardín se venda cuarta vez por entero, intacto y jamás tocado, busque otro modo más suave de cerradura para su postigo, porque la del sirgo y ahuja, no hay pensar que más llegue a mis carnes.
-¡Ay, boba, boba-, -replicó la vieja Claudia,- y que poco sabes de estos achaques! No hay cosa que se le iguale para este menester como la de la ahuja y sírgo colorado, porque todo lo demás es andar por las ramas, no vale nada el zuma que y vidrio molido; vale mucho menos la sanguijuela, ni la mirra no es de algún provecho, ni la cebolla albarrana, ni elo de palomino, ni otros impertinentes menjurges que hay, que todo es aire s; porque no hay rústico ya que, sí tantico quiera estar en lo que hace, no caiga en la cuenta de la moneda falsa. Vívame mi dedal y ahuja, y vívame juntamente tu paciencia y buen sufrimiento, y venga a embestirte todo el género humano; que ellos quedarán engañados, y tú con honra, y yo con hacienda y más ganancia que la ordinaria. Yo confieso ser así, señora, lo que dices, replicó Esperanza; pero con todo eso estoy resuelta en mi determinación, aunque se menoscabe mi provecho; cuando y más que en la tardanza de la venta está el perder la ganancia que se puede adquirir abriendo tienda desde luego, y más que no hemos de hacer aquí nuestro asiento y morada; que si, como dice, hemos de ir a Sevilla para la venida de la flota, no será razón que se nos pase el tiempo en flores, aguardando a vender la mía cuarta vez, que ya está negra de marchita. Váyase a dormir, señora, por su vida, y piense en esto, y mañana habrá de tomar la resolución que mejor le pareciere; pues al cabo, al cabo, habré de seguir sus consejos, pues la tengo por madre y más que madre. Aquí llegaban en su plática la tía y sobrina, la cual toda había oído don Félix, no poco admirado de semejantes embustes como encerraban en sí aquellas dos mugeres, al parecer tan honestas y poco sospechosas de maldad, cuando, sin ser poderoso para escusarlo, comenzó a estornudar con tanta fuerza y mido, que se pudiera oír en la calle.
            Al cual se lebantó doña Claudia, toda alborotada y confusa, y tomó la vela y entró furiosa en el aposento donde estaba la cama de Esperanza; y si como se lo hubieran dicho y ella lo supiera, se fué derecha a la dicha cama, y, alzando las cortinas, halló al señor caballero, empuñada su espada, calado el sombrero, y mui aferruzado el semblante, y puesto a punto de guerra.
Así como le vió la vieja, comenzó a santiguarse, diciendo:
-¡Jesús, valme! ¿Qué gran desventura y desdicha es ésta? ¿Hombres en mi casa, y en tal lugar, y a tales horas? Desdichada de mi! ¡Desventurada fui yo! ¿Y mi honra y recogimiento? ¿Qué dirá quien lo supieren.Sosiéguese Vmd., mi señora doña Claudia, -dijo don Félix,- que yo no he venido aquí por su deshonra y menoscabo, sino por su honor y provecho. Soy caballero, y rico y callado, y sobre todo enamorado de mi señora doña Esperanza, y para alcanzar lo que merecen mis deseos y afición, he procurado por cierta negociación secreta, que Vmd. sabrá algún día, de ponerme en este lugar, no con otra intención sino de ver y gozar desde cerca de la que de lejos me ha hecho quedar sin mí; y si esta culpa merece alguna pena, en parte estoy y a tiempo somos, donde y cuando se me puede dar, pues, me vendrá de sus manos que yo no estime por mui crecida gloria, ni podrá ser más rigurosa para mí que la que padezco de mis deseos. ¡Ay sin ventura, -volvió a replicar Claudia,- y a cuantos peligros están puestas las mugeres que viven sin maridos y sin hombres que las defiendan y amparen! ¡Agora si que té echo menos, malogrado de ti, Juan de Braca monte no el arcediano de Xerez-, mal desdichado consorte mio, que si tú fueras vivo, ni yo me viera en esta ciudad, ni en la confusión y afrenta en que me veo! Vmd., señor mío, sea servido luego al punto de volverse por donde entró, y si algo quiere en esta su casa de mí o de mi sobrina, desde afuera se podrá negociar -no le despide ni desafucia- con más espacio, con más honra y con más provecho y gusto. Para lo que yo quiero en la casa, señora mía, replicó don Félix, lo mejor que ello tiene es estar dentro de ella, que la honra por mi no se perderá; la ganancia está en la mano, que es provecho, y el gusto sé decir que no puede faltar. Y para que no sea todo palabras, y que sean verdaderas estas mías, esta cadena de oro doy por fiador de ellas. Y quitándose una buena cadena de oro del cuello, que pesaba cien ducados, se la ponía en el suyo.
A este punto, luego que vió tal oferta, y tan cumplida parte de paga la dueña del concierto, antes que su ama respondiese ni la tomase, dijo:
-¿Hay príncipe en la tierra como éste, ni papa, ni emperador, ni Fúcar, ni embajador, ni cajero de mercader, ni perulero, ni aun canónigo quod magis est, que haga tal generosidad y largueza? Señora doña Claudia, por vida mía, que no se trate más de este negocio, sino que se le eche tierra, y haga luego todo cuanto este señor quisiere. ¿Estás en tu seso, Grij alba? -que así se llamaba la dueña-. ¿Estás en tu seso, loca desatinada?, dijo doña Claudia. ¿Y la limpieza de Esperanza, su flor cándida, su puridad, su doncellez no tocada, su virginidad intacta? ¿Así se había de aventurar y vender, sin más ni más, cebada de esa cadenilla? ¿Estoy yo tan sin juicio que me tengo de encandilar de sus resplandores, ni atar con sus eslabones, ni prender con sus ligamentos? ¡Por el siglo del que pudre, que tal no será! Vmd. se vuelva a poner su cadena, señor caballero, y mírenos con mejores ojos, y entienda que, aunque mugeres solas, somos principales, y que esta niña está como su madre la parió, sin que haya persona en el mundo que pueda decir otra cosa, y si en contra de esta verdad le hubiesen dicho alguna mentira, todo el mundo se engaña, y al tiempo y a la esperiencia doy por testigos.
Calle, señora, -dijo a esta sazón la Grijalba, -que yo sé poco, o que me maten si este señor no sabe toda la verdad del hecho de mi señora la moza.
-¿Qué ha de saber, desvergonzada, qué ha de saber?, -replicó Claudia.
-¿No sabeis vos la limpieza de mi sobrina?
-Por cierto, bien limpia soy-, dijo entonces Esperanza, que estaba en medio del aposento como embobada y suspensa, viendo lo que pasaba sobre su cuerpo, y tan limpia, que no ha una hora que con todo este frío me vestí una camisa limpia.
 -Esté Vmd. como estubiere, -dijo don Félix,- que sólo por la muestra del paño que he visto, no saldré de la tienda sin comprar toda la pieza. Y porque no se me deje de vender por melindre o ignorancia, sepa, señora Claudia, que he oído toda la plática o sermón que ha hecho esta noche a la niña, y que no se ha dado puntada en la costura que no me haya llegado al alma, porque quisiera yo ser el primero que esquílmara este majuelo o vendimiara esta viña, aunque se añadieran a esta cadena unos grífios de oro y unas esposas de diamantes. Y pues estoy tan al cabo de esta verdad y le tengo tan buena prenda, ya que no se estima la que doy ni las que tiene mi persona, úsese mejor término conmigo, que será justo, con protestación y juramento, que por mi nadie sabrá en el mundo el rompimiento de esta muralla, sino que yo mismo seré el pregonero de su entereza y bondad.
-¡Ea!, -dijo la Grijalba,- buena pro le haga; suya es la joya, y a pesar de maliciosos y de ruines para en uno son; yo los junto y los bendigo. -Y tomando de la mano a la niña, se la acomodaba al don Félix; de lo cual se encolerizó tanto la vieja, que, quitándose el un chapín, comenzó a dar a la Grij alba como en real de enemigo, la cual, viéndose maltratar, echó mano de las tocas de Claudia y no le dejó pedazo en la cabeza, descubriendo la buena señora una calba más lucía que la de un fraíle, y un pedazo de cabellera postiza que le colgaba por un lado, con que quedó con la más fea y abominable catadura del mundo. Y viéndose tratar así de su criada, comenzó a dar grandes alaridos y voces, apellidando a la justicia; y al primer grito, como si fuera cosa de encantamento, entró por la sala el corregidor de la ciudad con más de veinte personas entre acompañados y corchetes, el cual, habiendo tenido soplo de las personas que en aquella casa vivían, determinó visitallas aquella noche, y, habiendo llamado a la puerta, no le oyeron como estaban embebecidos en su plática, y los corchetes, con dos palancas, de que de noche andan cargados para semejantes efectos, desquiciaron la puerta, y subieron al corredor tan queditos y quietos, que no fueron sentidos, y desde el principio de los documentos de la tía, hasta la pendencia de la Grij alba, estubo oyendo el corregidor sin perder un punto, y así, cuando entró, dijo:
 -Descomedida andais, para ser ama, con vuestra señora, señora criada.
-¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corredor, -dijo Claudia,- pues se ha atrevido a poner las manos do jamás han llegado otras algunas desde que Dios me arrojó en este mundo!
-Bien decís que os arrojó, -dijo el corregidor,- porque vos no sois buena sino para arrojada. Cubríos honrada, y cúbranse todas, y vénganse a la cárcel.
-¡A la cárcel, señor! ¿Por qué?,- dijo Claudia.
-¿A las personas de mi cualidad y estofa se usa en esta tierra tratarlas de esta manera?
-No deis más voces, señora, que habéis de venir sin duda, y con vos esta señora, colegial trilingüe en el desfrute de su heredad.
-Que me maten,- dijo la Gríjalba,- si el señor corregidor no lo ha oído todo, que aquello de tres pringues por lo de Esperanza lo ha dicho.
Llegóse en esto don Félix y habló aparte al corregidor, suplicándole no las llevase, que él las tomaba en fiado; pero no pudieron aprovechar con él sus ruegos ni menos sus promesas.
Quiso la suerte que entre la gente que acompañaba al corregidor, venían los dos estudiantes manchegos y se hallasen presentes a toda esta historia; y viendo lo que pasaba, y que en todas maneras habían de ir a la cárcel Esperanza y Claudia y la Grij alba, en un instante se concertaron entre sí en lo que debían hacer, y sin ser sentidos se salieron de la casa y se pusieron en cierta calle trascantón, por donde habían de pasar las presas, con seis amigos de su traza que luego les deparó su buena ventura, a quien rogaron les ayudasen en un hecho de importancia contra la justicia del lugar, para cuyo efecto los hallaron más prontos y listos que si fuera para ir a algún solemne banquete.
De allí a poco asomó la justicia con las prisioneras, y antes que llegasen pusieron mano los estudiantes con tan buen brío y denuedo, que a poco rato no les esperó porquerón en la calle, puesto que no pudieron librar más que a la Esperanza, porque así como los corchetes vieron trabada la pelaza, los que llevaban a Claudia y a la Grij alba se fueron con ellas por otra calle y las pusieron en la cárcel. El corregidor, corrido y afrentado, se fue a su casa; don Félix a la suya, y los estudiantes a su posada; y queriendo el que la hubo quitado a la justicia gozarla aquella noche, el otro no lo quiso consentir, antes le amenazó de muerte si tal hiciese.
¡Oh sucesos estraños del mundo! ¡Oh cosas que es necesario contarlas con recato para ser creídas! ¡Oh milagros del amor nunca vistos! ¡Oh fuerzas poderosas del deseo, que a tan estraños casos nos precipitan! Dícese esto, porque viendo el estudiante de la presa que el otro, su compañero, con tanto ahínco y veras le prohibía el gozalla, sin hacer otro discurso alguno, y sin mirar cuán mal le estaba lo que quería hacer, dijo:
-Ahora, pues, ya que vos no consentís que goce lo que tanto me ha costado, y que no quereis que por amiga me entregue en ella, a lo menos no me podeis negar que, como a muger legítima, no me la habeis, ni podeis, ni debeis quitar.
Y volviéndose a la moza, a quien de la mano no había dejado, le dijo:
-Esta mano que hasta aquí os he dado, señora de mi alma, como defensor vuestro, ahora, si vos quereis, os la doy como legítimo esposo y marido. La Esperanza, que de más bajo partido fuera contenta, al punto que vio el que se la ofrecía, dijo que sí y que resí, no una, sino muchas veces, y abrazólo como a señor y marido. El compañero, admirado de ver tan estraña resolución, sin decirles nada, se les quitó de delante y se fue a su aposento. El desposado, temeroso que sus amigos y conocidos no le estorbasen el fin de su deseo y le impidiesen el casamiento, que aun no estaba hecho con las debidas circunstancias que la Santa Madre Iglesia manda, aquella misma noche se fue al mesón donde posaba el arriero de su tierra, el cual quiso su buena suerte de la Esperanza que otro día por la mañana se partía, con el cual se fueron, y según se dijo, llegó a casa de su padre, donde le dió a entender que aquella señora que allí traía era hija de un caballero principal, y que la había sacado de la casa de su padre, dándole palabra de casamiento. Era el padre viejo y creía fácilmente cuanto le decía el hijo, y viendo la buena cara de la nuera, se tubo por más que satisfecho, y alabó como mejor supo la buena determinación de su hijo.
No le sucedió así a Claudia, porque se le averiguó por su misma confesión que la Esperanza no era su sobrina ni parienta, sino una niña a quien había tomado de la puerta de la iglesia, y que a ella y otras tres que en su poder había tenido, las había vendido por doncellas muchas veces a diferentes personas, y que de esto se mantenía y tenía por oficio y egercicio, y que las otras dos mozas se la habían ido, enfadadas de su codicia y miseria. Averiguósele también tener sus puntas y collar de hechizera, por cuyos delitos el corregidor la sentenció a cuatrocientos azotes y a estar en una escalera con una jaula y coroza en medio de la plaza, que thé un día el mejor que en todo aquel año tubieron los muchachos de Salamanca.
Súpose luego el casamiento del estudiante, y aunque algunos escribieron a su padre la verdad del caso y la bajeza de la nuera, ella se había dado con su astucia y discreción tan buena maña en contentar y servir al viejo suegro, que, aunque mayores males le dijeran de ella, no quisiera haber dejado de alcanzalla por hija. Tal fuerza tiene la discreción y hermosura, y tal fin y paradero tubo la señora doña Claudia de Astudillo y Quiñones, y tal le tienen y tendrán todas cuantas su vivir y proceder tubieren; y pocas Esperanzas habrá en la vida que, de tan mala como ella la vivía, salgan al descanso y buen paradero que ella tubo, porque las más de su trato pueblan las camas de los hospitales, y mueren en ellos miserables y desventuradas, permitiendo Dios que las que, cuando mozas, se llebaban tras de sí los ojos de todos, no haya alguno que ponga los ojos en ellas, etc.

FIN