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jueves, 27 de abril de 2017

MÁS ALLÁ DEL PUNTO .- Caio Fernando Abreu



Llovía, llovía, llovía y yo iba yendo por dentro de la lluvia a su encuentro, sin paraguas ni nada, yo siempre los perdía por los bares, sólo llevaba una botella de coñac barato apretada contra el pecho, parece falso dicho de esa forma, pero asimismo yo iba en medio de la lluvia, una botella de coñac en la mano y un paquete de cigarrillos mojados en el bolsillo. Hubo un momento en que yo podría haber tomado un taxi, pero no iba muy lejos, y si yo tomaba el taxi no iba a poder comprar cigarrillos ni coñac, y yo entonces pensé con fuerza que sería mejor llegar mojado por la lluvia, porque entonces beberíamos el coñac, hacía frío, no tanto frío, era más la humedad que entraba por la trama de las ropas, por la suela fina agujereada de los zapatos, y fumaríamos, beberíamos sin medidas, habría música, siempre esas voces roncas, ese saxo gimiente y el ojo suyo puesto sobre mí, ducha tibia que distiende mis músculos. Pero llovía aún, mis ojos ardían de frío, la nariz comenzaba a gotear, yo me limpiaba con el dorso de las manos y el líquido de la nariz se endurecía enseguida sobre los vellos, yo metía las manos enrojecidas en el fondo de los bolsillos y me iba yendo, yo me iba yendo y saltando los charcos de agua con las piernas heladas.
Tan heladas las piernas y los brazos y la cara que pensé abrir la botella para tomar un trago, pero no quería llegar a la casa de él medio borracho, el aliento fuerte, no quería que él pensara que yo andaba bebiendo, y yo andaba, todos los días un buen pretexto, y fui pensando también que él iba a pensar que yo andaba sin dinero, llegando a pie en medio de esa lluvia, y yo andaba, el estómago dolorido de hambre, y yo no quería que él pensara que yo andaba insomne, y yo andaba, ojeras moradas, tendría que tener cuidado con el labio inferior al sonreír, si sonreía, y casi con seguridad que sí, cuando lo encontrara, para que no viera el diente roto y pensara que yo me andaba descuidando, sin ver al dentista, y yo andaba, y todo lo que yo iba haciendo y siendo yo no quería que él viera ni supiera, pero después de pensar eso me dio un disgusto porque fui entendiendo, por dentro de la lluvia, que tal vez yo no quisiera que él supiera que yo era yo, y yo era. Comenzó a suceder algo confuso en mi cabeza, esa historia de no querer que él supiera que yo era yo, empapado en esa lluvia que caía, caía, caía y tuve ganas de volver hacia algún lugar seco y tibio, si hubiera habido, y no recordaba ninguno, o parar para siempre allí mismo en esa esquina gris que yo intentaba atravesar sin conseguirlo, los autos que me tiraban agua y barro al pasar, pero yo no podía, o podía pero no debía, o podía pero no quería o no sabía más cómo se paraba o se volvía atrás, yo tenía que continuar yendo al encuentro de él, que me abriría la puerta, el saxo gimiente al fondo y quién sabe un hogar, piñones, vino caliente con clavo y canela, esas cosas del invierno, y aún más, yo tenía que frenar las ganas de volver atrás o quedarme parado, pues hay un punto, yo descubría, en que se pierde el comando de las propias piernas, no es tan así, descubrimiento tortuoso que el frío y la lluvia no me dejaban masticar bien, yo apenas comenzaba a saber que hay un punto, y yo dividido quería ver el después del punto y también lo agradable de él esperándome cálido y listo. Un auto pasó más cerca y me mojó entero, habría salido un río de mis ropas si pudiera retorcerlas, entonces decidí en mi cabeza que después de abrir la puerta él diría cualquier cosa tipo pero cómo estás mojado, sin ningún espanto, porque él me esperaba, él me llamaba, yo sólo iba yendo porque él me llamaba, yo me atrevía, yo iba más allá de ese punto de estar parado, ahora por el camino de árboles sin hojas y la calle interrumpida que yo volvía a ver de esa forma extraña de haber estado ya ahí sin haber estado nunca, vacilaba pero iba yendo, por el medio de la ciudad como un invisible hilo saliendo de la cabeza de él hasta la mía, quien me veía así mojado no veía nuestro secreto, veía sólo un sujeto mojado sin capa ni paraguas, sólo una botella de coñac barato apretada contra el pecho. Era a mí a quien él llamaba, en medio de la ciudad, tirando del hilo desde mi cabeza hasta la de él, por dentro de la lluvia, era a mí a quien él abriría su puerta, acercándose más ahora, tan cerca que un calor me subía por el rostro, como si me hubiera bebido todo el coñac, cambiaría mi ropa mojada por otra más seca y tomaría lentamente mis manos entre las suyas, acariciándolas despacio para calentarlas, espantando el morado de la piel fría, comenzaba a oscurecer, era temprano aún, pero iba oscureciendo temprano, más temprano que de costumbre, y no era invierno, él prepararía una cama ancha con muchos cobertores, y fue entonces cuando me resbalé y caí y todo tan de repente, para proteger la botella la apreté más contra el pecho y ella golpeó contra una piedra, y además del agua de la lluvia y del barro de los autos mi ropa ahora también estaba empapada de coñac, como un borracho, oliendo mal, no beberíamos entonces, intenté sonreír, con cuidado, el labio inferior casi inmóvil, escondiendo el pedazo de diente, y pensé en el barro que él limpiaría tierno, porque era a mí a quien él llamaba, porque era a mí a quien él elegía, porque era a mí y sólo a mí a quien él abriría su puerta. Llovía siempre y me costó conseguir levantarme de aquel charco de barro, llegaba a un punto, yo volvía al punto, en que se necesitaba un esfuerzo muy grande, se necesitaba un esfuerzo tan terrible que tuve que sonreír más solo e inventar un poco más, entibiando mi secreto, y di algunos pasos, pero ¿cómo se hace? me pregunté, cómo se hace eso de colocar un pie detrás del otro, equilibrando la cabeza sobre los hombros, manteniendo erguida la columna vertebral, desaprendía, no era casi nada, yo, mantenido sólo por aquel hilo invisible unido a mi cabeza, ahora tan cercano que si hubiera querido yo hubiese podido imaginar algo como un zumbido electrónico saliendo de la cabeza de él hasta llegar a la mía, pero ¿cómo se hace? yo reaprendía e inventaba siempre, siempre en dirección a él, para llegar entero, los pedazos míos todos mezclados que él dispondría sin prisa, como quien juega con un rompecabezas para formar o un castillo, o un bosque, o un gusano o dios, yo no sabía, pero iba yendo por la lluvia porque ese era mi único sentido, mi único destino: llamar a aquella puerta oscura donde yo llamaba ahora. Y golpeé, y golpeé otra vez, y volví a golpear, y continué golpeando sin importarme que la gente en la calle se parara a mirar, yo quise llamarlo, pero había olvidado su nombre, si es que alguna vez lo supe, si es que algún día lo tuvo, tal vez yo tenía fiebre, todo había quedado muy confuso, ideas mezcladas, temblores, agua de lluvia y barro y coñac en mi cuerpo sucio gastado exhausto golpeando como un loco en aquella puerta que no se abría, todo era una equivocación, yo continuaba golpeando y continuaba lloviendo sin parar, pero yo no iba más yendo por dentro de la lluvia, en medio de la ciudad, yo sólo estaba parado en esa puerta hacía mucho tiempo, después del punto, tan oscuro ahora que yo no conseguiría nunca más encontrar el camino de vuelta, ni intentar otra cosa, otra acción, otro gesto además de continuar golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando golpeando a esta puerta que no se abre nunca.


© Caio Fernando Abreu (Brasil), trad. Graciela Ferraris © Beatriz Viterbo.

Fin.