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jueves, 9 de febrero de 2017

El latín, ¿lengua oficial de la UE?


El éxito editorial de un profesor italiano demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas






El arco de Tito, en el foro de Roma, construido para celebrar las victorias del emperador en Judea.  (CORDON PRESS)
Una de las escenas más pintorescas de Il sorpasso (Dino Risi, 1962) concierne al pasaje en que unos sacerdotes alemanes detienen el Alfa Romeo descapotable donde viajan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Se les ha averiado su coche, han pinchado, necesitan un gato, pero no saben cómo explicárselo a sus interlocutores. Y es entonces cuando uno de los curas decide hacerlo en latín: “Elevator nobis necesse est”.
Trintignant, que es francés, explica la problemática a Gassman, que es italiano, pero no puede satisfacer la emergencia de los religiosos. Y les responde inequívocamente: “Non habemus gato, desolatus”.

La escena es ilustrativa de la raigambre del latín en la cultura occidental. De su vigencia como argumento de comunicación. Y hasta de su valor identitario en el acervo de continente, más aún ahora que las presiones de Trump y de Putin han estimulado una suerte de reacción y de orgullo.
El inglés predomina sobre las demás lenguas y es la más extendida en los planes escolares. El problema es que identifica también un sabotaje, el sabotaje del Brexit. Y que podría subvertirse, hasta el extremo de convertir el latín en el idioma hegemónico de la Unión Europea. Tolerando incluso expresiones tan macarrónicas como el “desolatus” de Gassman.
La idea, la provocación, proviene de un profesor italiano, Nicola Gardini, y de la popularidad —de la fiebre— que ha adquirido en su propio país un ensayo, un libro, concebido, en realidad, sin las menores ambiciones comerciales.
Las ha conseguido como si la sociedad estuviera reclamando un ejercicio retrospectivo de autoestima hacia una lengua que está demasiado viva para considerarla muerta. La LOMCE española (2013), por ejemplo, la ha rehabilitado como asignatura troncal del bachillerato, pero el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano.
Decimos motu proprio, quid pro quo, de facto, ergo, ex profeso o in extremis,quizá no demasiado conscientes de que estamos evocando un hito fundacional de la cultura europea cuyo aliento todavía relaciona sobre el asfalto a un cura alemán con un latin lover italiano.
Es el contexto en el que ha resultado providencial la publicación de Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile. Ocho ediciones lleva la iniciativa de la editorial Garzanti, y el título no requiere de traducción al español, precisamente por la raíz común del idioma. Y porque España fue uno de los territorios más fértiles de la romanización, y también más dotados en la exportación de talentos al imperio. No ya por las figuras de Adriano o Trajano en la nómina de los emperadores, sino por la envergadura de filósofos y escritores que contribuyeron a enriquecer el latín.
Nicola Gardini destaca a Séneca. Y se congratula de la felicidad que nos ha proporcionado el maestro estoico. Tanto en la forma cristalina de su literatura como en los matices conceptuales. Vivir el presente —aunque el carpe diem es de Horacio—, eludir la superstición de la esperanza, disfrutar lo que tenemos mucho más que frustrarnos por aquello que nos falta.
“El latín de Séneca”, escribe Gardini, “es el reflejo directo de su lucidez y de su propensión a la síntesis, va derecho al meollo de las cuestiones, sin complicaciones, sin alzar la voz. Un latín espontáneo. Un latín de quien medita y de quien transforma las ideas en reglas de vida”.
Es el antagonismo perfecto a la retórica ampulosa de Cicerón, aunque Gardini no se la reprocha. Todo lo contrario, le atribuye un valor muy superior al artificio lingüístico. Sostiene que Cicerón dice las cosas adecuadas de la manera adecuada. Y que su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas” (libertad, si es que la traducción hace falta).
Regresar al latín, a juicio de Gardini, no sería una regresión ni una extravagancia anacrónica, sino un recurso de Europa para reconocerse en su identidad y en el idioma que la ha estructurado en su idiosincrasia civilizadora. Escribir y hablar en latín nos haría buenos, como Cicerón. Y obscenos, como Catulo. Y conmovedores, como Virgilio. Y profundos, como Lucrecio, aunque este monumento de la lengua latina nunca se hubiera engendrado sin la evangelización de Catón (234-149 antes de Cristo) y de Plauto (250-184 antes de Cristo). Sujetaron ellos las columnas del idioma, predispusieron el primer hálito de un prodigio que ha sobrevivido mucho más allá de su tiempo y de su espacio. Lo demuestran las misas pontificias y las patadas que le damos al diccionario latino (de motu propio, a grosso modo, el quiz de la cuestión…), tanto como lo hacen la adhesión al idioma en que llegaron a significarse por los siglos de los siglos Patriarca, Milton, Ariosto, Tomás Moro, pero también Rilke, Montale, Beckett, Joyce o Jorge Luis Borges.
“No sin cierta vanagloria, había comenzado en aquel tiempo el estudio metódico del latín”, escribió el sabio argentino. Evoca la frase Gardini al inicio de su ensayo. O habría que decir en el incipit, pues cualquier libro está lleno de expresiones y abreviaciones latinas (circa, sic, op. cit.), como los garbanzos que el profesor italiano nos ha puesto por delante para seguir el camino hacia “la plenitud cultural” y la resistencia ciceroniana.
“Hay que estudiar latín”, concluye Gardini, “no sólo para disfrutar, sino además para educar el espíritu, para darle a las palabras toda la fuerza transformadora que se aloja en ellas”. Y para entenderse con un cura alemán que está tirado con el coche en la carretera. Y decirle: “Desolatus”.

martes, 10 de enero de 2017

Intrusos en casa y otras impotencias


PATENTE DE CORSO

Hace unos días, al anochecer, dos ladrones se pasearon por el jardín de mi casa. Uno de ellos, incluso, llegó a introducirse por una ventana semiabierta y penetró en el interior. Estábamos viendo Perdiciónen la tele y nadie se dio cuenta hasta que Rumba, la perra, alzó la cabeza, gruñó y se lanzó hacia el pasillo, seguida por Sherlock. Cogí la escopeta de caza y la linterna, hice clac-clac metiendo un cartucho de postas en la recámara -no sabía lo que iba a encontrar, y estoy mayor para que me inflen a hostias-, pero el intruso ya se había largado. Así que, tras asegurarme de eso, salí al jardín a echar un vistazo. Pero no había nadie. Los dos fulanos habían saltado el muro, largándose. Así que telefoneé a Picolandia por si entraban en otra casa cercana, guardé la escopeta, cerré la ventana, conecté la alarma, acaricié a los perros y seguí viendo la peli, resignado.
Se preguntarán ustedes cómo sé que los asaltantes eran dos. Y la respuesta está chupada: los vi luego en las cámaras de vigilancia. Las imágenes eran todo un espectáculo, pues se veía perfectamente como los malos saltaban el muro con una tranquilidad asombrosa, cual si no les preocupase que los vieran o no. Caminaban rodeando la casa mientras buscaban cómo entrar. Lo hacían sin esconderse, con toda calma, charlando entre ellos mientras comentaban la jugada, esta ventana sí y aquella no, cómo lo ves, colega, etcétera. Ni siquiera se agachaban, y miraban las cámaras -llevaban gorras que les ocultaban la cara- sin esconderse, con ganas de saludar. Y al llegar ante la ventana iluminada del cuarto donde veíamos la tele, se detuvieron un buen rato, estudiándonos. Una familia y dos perros absortos en Fred McMurray, Bárbara Stanwick y Edward G. Robinson. Pan comido, compañero. Ningún problema. Así que siguieron dando la vuelta, vieron entreabierta una ventana en la cocina, uno ayudó al subir el otro, y éste se coló por ahí. Como por su propia casa.
Tiene huevos el asunto, oigan. Los dos, tan campantes. Y yo, luego, mientras exploraba el jardín con la herramienta en la mano, preocupado por si los encontraba allí. Qué pasa, pensaba, si le pego un tiro a uno, aunque sea en una pierna, y le estropeo algo. O si en la casa, olvidándome de la escopeta, al ver a un tío dentro, hubiera agarrado uno de los sables de caballería napoleónicos que tengo allí para endiñarle un sablazo. O sea, mi ruina total. Si lo dejo vivo, me reclamará daños y perjuicios. Si me lo cargo, su familia vivirá de mí el resto de su vida. Pero si ocurre lo contrario, si es el malo quien madruga y mi mujer o mi hija se los encuentran en el pasillo o el dormitorio, si a mí me dan las mías y las del pulpo -a ver quién se mete en una casa ajena sin llevar, al menos, una navaja en el bolsillo- a ellos no les pasará absolutamente nada. Como mucho, una visita al cuartelillo para comprobar que tienen más antecedentes que Curro Jiménez. Después, un juez aburrido o comprensivo los pondrá en la calle tras afearles la conducta, e incluso sin afeársela, citándolos para dentro de unos meses, o unos años, o nunca. Y si alguna vez les cae algo, que lo dudo, será una cosita suave, poco traumática; porque, a fin de cuentas, el noble deseo de nuestra sociedad no es castigar, sino regenerar. Y más cuando los regenerables se limitan a entrar en casas ajenas y dar a sus propietarios unos golpes o navajazos de nada. Y encima, a lo mejor o casi seguro, esos fulanos que miran las cámaras con todo descaro son producto de una sociedad explotadora e injusta; o incluso, atenuante definitivo, inmigrantes sin trabajo rechazados por la opulenta y egoísta Europa. Y una casa con jardín, propia en España de ricos y de fachas, es provocación pura y dura.
Total, que esos eran mis alegres pensamientos mientras iba la otra noche con la linterna y la escopeta, mirando rincones como un gilipollas. Podrías ahorrarte el paseo, chaval. Pensaba. Porque ya me contarás, si los encuentras, qué carajo vas a hacer con la posta lobera. Y lo peor es que lo saben. Hasta puede que sean ellos quienes te introduzcan la escopeta por el ojete. Conocen de sobra dónde están, y a qué leyes se enfrentan. Por eso posan tranquilos ante las cámaras. Es la ventaja que tiene vivir en un país como éste, democracia ejemplar donde los derechos y libertades de cualquier hijo de la gran puta empiezan donde acaban los de la gente honrada y normal; no en una pseudo-democracia fascista como, por ejemplo, los Estados Unidos, donde a un intruso pueden pegarle un tiro en cuanto pisa un jardín ajeno. Aquí, eso sólo nos parece bien en las películas de Clint Eastwood.
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Muere el sociólogo Zygmunt Bauman





El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, uno de los últimos grandes pensadores de Europa, ha fallecido, según ha anunciado el periódico 'Gazeta Wyborcza' y ha confirmado AP. Con su muerte, se marcha el máximo ideólogo de la modernidad líquida, que siguió en activo hasta los últimos momentos de su vida.
Nacido en Polonia en 1925, Bauman se exilió a Leeds (Inglaterra) a principios de los 70, tras una purga antisemita en su país natal. Allí vivió durante casi medio siglo, en una modesta casa de ladrillo a las afueras de la ciudad, y rechazó las ofertas de las principales universidades del planeta para dar clase.
En Leeds acuñó la idea crucial de su obra: la "modernidad líquida". Es decir, cómo los pilares sólidos que apuntalaban la identidad del individuo en la posguerra -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido...- se han licuado hasta crear una ciudadanía asustada por el miedo a perderlo todo.
Con su feroz crítica de la sociedad de consumo, Bauman se convirtió en uno de los principales pensadores de la izquierda global. En su último libro en castellano, Extraños llamando a la puerta (Paidós), el sociólogo abordó su nueva obsesión: la crisis de los refugiados y cómo los políticos atizan el miedo a los extranjeros para ganar popularidad.
En noviembre, Bauman concedió a este periódico su última entrevista en persona con un medio español. Ya gravemente enfermo del corazón y del sistema respiratorio, el sociólogo criticó ferozmente la actitud de los líderes europeos ante la llegada de extranjeros. "Generan ansiedad, miedo al terrorismo, miedo al extraño, miedo a la gente que viene aquí a comerse nuestro pan y a quitarnos nuestros trabajos... Eso es lo que hacen Marine Le Pen y otros movimientos similares: sacar capital político de exacerbar el miedo al extraño."
A su muerte, Bauman preparaba la publicación de su último libro, Retrotopia, junto a su asistente, Aleksandra, que le acompañaba desde la muerte de su esposa. La obra se editará póstumamente a finales de mes en inglés.
Fuente

martes, 13 de diciembre de 2016

El último reportero


PATENTE DE CORSO

Me entero, tarde y mal porque andaba de viajes y cosas así, de que con setenta y dos tacos de almanaque ha palmado Manuel Marlasca Cosme, o sea, Manolo Marlasca de toda la vida, a quien conocí hace cuatro décadas y pico. Yo era un jovencísimo niñato de veintidós años, con una mochila llena de libros al hombro y un billete de avión para Oriente Medio en el bolsillo, y al entrar por primera vez en la redacción del periódico cuyo director, Emilio Romero, acababa de contratarme, vi a un tipo bajito, flaco, de nariz larga y pelo negro muy espeso, de pie encima de una mesa, entre las máquinas de escribir, tirando por los aires los folios de una crónica a la que por razones de espacio acababan de cortarle cuarenta y cinco líneas, gritando: «¡Qué feliz estoy de trabajar en este puto diario Pueblo!». En torno a esa mesa, descojonados de risa y haciéndole palmas, solidarizándose guasones con él, estaban Raúl del Pozo, Yale, Amilibia, Juan Pla, José María García, Miguel Ors, Alfredo Marquerie, Vasco Cardoso, Carmen Rigalt, Julio Camarero, Rosa Villacastín, Manolo Cruz, Julia Navarro, Paco Cercadillo, Vicente Talón, Raúl Cancio, Chema Pérez Castro y otros cuya nómina interminable no cabe en la página. Dicho en corto: algunos de los mejores periodistas del mundo.
En aquel periódico fascinante que tenía cientos de miles de lectores, el más famoso de España, donde firmar en primera página –ahora les ha dado por llamarla portada– era literalmente tocar la gloria, aprendí cuanto podía aprenderse en ese tiempo dorado donde en las redacciones aún había periodistas de raza y fotógrafos y reporteros de leyenda; ésos a los que deseabas, con toda tu alma, emular y parecerte. A principios de los años 70, cuando lo conocí –luego anduvo en muchas otras cosas–, Manolo Marlasca curraba en Sucesos; especialidad reina en un diario como Pueblo, donde titular con eficacia una noticia se consideraba un arte, pues por ahí se atrapaba a cientos de miles de lectores. Eso convertía a Manolo, por mérito propio, en reportero de élite. En aristócrata del oficio. Y más en un diario como aquel, poblado por una cuadrilla de desalmados de ambos sexos, de formidables cazadores de noticias, de depredadores rápidos, implacables y geniales, capaces de jugarse a las cartas, al cierre de la edición, la nómina del mes cobrada horas antes, dormir la borrachera de ese día tirados en el sofá del pasillo, mentir, trampear, disfrazarse, dar sablazos a los colegas, engañar a los compañeros para llegar antes al objetivo, robar de casa del muerto la foto con marco de plata incluido, vender a la madre o la hermana propias a cambio de obtener una sonora exclusiva. De reírse, en fin, del mundo y de la madre que lo parió, con la única excepción del sagrado titular en primera página.
En aquel mundo palpitante que se reinventaba a sí mismo cada día empezado de cero, en aquel gozoso campo de batalla con hilo musical de teletipos y tableteo de Olivettis, aromatizado de olor a papel y tinta fresca, Manolo Marlasca estaba en su salsa. Lo caracterizaban, como a tantos de nuestros compañeros, una inteligencia deslumbrante, un humor agresivo y socarrón, una mirada avizor de gavilán astuto, y esa cierta chulería, irrespetuosa con lo divino y lo humano, que era seña de la casa y tanto nos marcó a cuantos trabajamos en ella. Ver actuar a Manolo, presenciar sus salidas y llegadas con los fotógrafos –Garrote, Verdugo, Queca, Juana Biarnés, Boutellier y los otros–, oírle comentar las jugadas con el resabiado cinismo profesional de quien cada día bajaba a buscarse la vida a la calle, asistir a sus broncas con los subdirectores Merino y Gurriarán –era bajito, pero tenía un genio de cojones–, observar su espléndida combinación de falta de escrúpulos, rigor profesional y elevadas dosis de dignidad y coraje, resultó para mí un aprendizaje fascinante. Si alguien encarnó como nadie el retrato robot del gran reportero de Pueblo, ése fue Manolo Marlasca Cosme. Lo admiré sin reservas, orgulloso de trabajar a su lado, y a él debo contundentes lecciones de periodismo, conversaciones gratas y hermosos recuerdos. También un momento muy triste cuando, a mediados de los 80, un ministro miserable y embustero decretó con malas artes –entre el silencio complacido de otros colegas de la competencia– el cierre de nuestro periódico, y Manolo y yo estuvimos juntos al pie de la rotativa que tiraba el último Pueblo que salió a la calle. Cogimos un ejemplar cada uno, manchándonos los dedos de tinta, y nos abrazamos. Entonces Manolo se echó a llorar como una criatura. «No olvides nunca el nombre del ministro que nos hace esto», dijo. Y así es, compañero. Nunca lo he olvidado.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La educación en 2030

Fotos: David Matellanes

¿Cómo será la escuela dentro de 14 años? Expertos de más de cien países han llegado a sus conclusiones: no habrá cursos separados por edades ni exámenes… No solo se generalizarán las herramientas tecnológicas, el concepto mismo de pedagogía cambiará… Por Carlos Manuel Sánchez 

Usted piensa que un niño pequeño es un nativo digital, pero en realidad es un mutante. No se alarme, solo tiene que actualizar su información sobre la criatura, que nació con un smartphone bajo el brazo. Es un posmillennial, pertenece a la generación que vino interconectada a este mundo desde 2006 en adelante. En Estados Unidos los llaman homies, por Homeland Security, el Departamento de Seguridad Nacional creado a raíz de los atentados del 11-S. Y es que sus existencias están marcadas por la incertidumbre. El 65 por ciento de los alumnos de Primaria desempeñará trabajos que aún no se han inventado, los que dejen los robots. Así que ‘resetee’… Si es usted padre, está criando a un ‘iNiñ@’.

¿Cómo educar a esta generación?

El reto es inmenso. Porque es una generación que transformará el modelo de escuela que ha estado vigente en los últimos tres siglos. Un modelo de profesores y alumnos con roles jerárquicos bien definidos; aulas con pizarra y pupitres; exámenes, deberes… Es una generación de early adopters -los primeros en catar una novedad- que marcará el camino a las siguientes. Ellos no lo saben, pero son conejillos de Indias. Unos pioneros autodidactas, que se manejan simultáneamente con tres y cuatro pantallas, que están acostumbrados a consultar tutoriales en YouTube, a leer en tabletas, a documentar su vida en las redes sociales… Es su entrenamiento básico. Y viene de ‘fábrica’.

Afinar y adaptar

Las experiencias educativas que se generalizarán a finales de la próxima década se están ensayando ahora. Las herramientas tecnológicas ya están inventadas, a falta de afinarlas y adaptarlas. Pero no es solo la tecnología la que marca el camino. Es el concepto mismo de pedagogía el que se está redefiniendo. ¿Cómo será un día de clase en el curso 2029-2030? Trasladémonos con la imaginación a un colegio del futuro. Un colegio inspirado en las últimas predicciones de WISE, la cumbre mundial de la innovación educativa que reúne cada año a miles de expertos. La iniciativa WISE, es un think tank del que forman parte 20.000 sabios de 149 países. Entre ellos hay figuras de la talla de Sir Ken Robinson, el lingüista Noam Chomsky o el profesor Sugatra Mitra. Las dos últimas citas han tratado sobre la enseñanza en el año 2030.

El profesor no repartirá suspensos ni sobresalientes. Ya no será su misión. No existirán las notas porque no habrán asignaturas

Viajemos, pues, hasta allí. Adelantemos el reloj y pongámonos en la piel de un estudiante de doce años en 2030, esa edad marcaría hoy en España el inicio de la Secundaria y probablemente el traslado, con frecuencia penoso, de una escuela a un instituto, pero debemos romper unos cuantos esquemas mentales muy arraigados. Ya no existirán los cursos clasificados por edades. No pasarás de sexto de Primaria a primero de la ESO, previo ‘peaje’ obligatorio por unos exámenes que hay que aprobar e incluso una temible reválida en la que te juegas tu futuro en unas horas. Ya no repites curso si suspendes, ya que nadie suspende. El profesor no reparte calabazas o sobresalientes, porque no es su misión. El fracaso escolar ha desaparecido debido a que nos hemos replanteado el significado profundo de lo que significa valorar, y el sistema ya no se basa en la administración más o menos justa de premios y castigos, donde el 5 es la frontera entre seguir adelante o quedarte estancado. No existen las notas tal y como las entendemos hoy porque, ¡vaya!, no hay asignaturas.

El Aula invertida

¿Da vértigo? Pues solo es el principio. Pensemos en nuestro estudiante. Imaginemos que es miércoles y que toca ir a clase. Lunes y martes no fue, no porque hiciera novillos; la asistencia diaria, en jornada partida o intensiva, ya no es la norma. El aprendizaje es semipresencial, gracias al modelo de flipped classroom (aula invertida). Se trabaja mucho desde casa, conectado a las redes y orientado por el profesor. La documentación, los tutoriales, las lecturas previas…

La asistencia a clase no será la norma. El colegio y el hogar estarán más conectados que nunca. Padres y alumnos verán las clases en ‘streaming’

El calendario es personalizado; el horario, flexible, y se adapta a los diferentes grupos en los que trabaja nuestro alumno, grupos en los que se mezclan las edades y que colaboran en proyectos. Así que olvídese del rutinario madrugón de lunes a viernes, el día lectivo dividido en lecciones. ‘Mates’ a las 9, Ciencias a las 10, bocata en el recreo… El día es fluido. El aprendizaje es 24/7. las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Las clases duran lo que duran las reuniones de trabajo del grupo.
El colegio, arquitectónicamente, no se parece a un colegio. Lo que Richard Gerver -uno de los más influyentes educadores actuales- llama la «escuela prisión», donde todas las aulas son parecidas, con parecido mobiliario, un patio, ‘inquilinos’ con uniformes, tareas rutinarias y previsibles, profesores que pasan más tiempo vigilando que enseñando…, pasó a la historia.
Fue un modelo que sirvió para adiestrar a los operarios manuales de las fábricas, donde la creatividad no tiene hueco, pero la primera Revolución Industrial fue en el siglo XVIII y ahora estamos estrenando la tercera, la de la inteligencia, como la bautizó el economista Jeremy Rifkin. Una revolución digital que precisa otros entornos. La escuela se parece a un espacio de coworking, esas oficinas compartidas, diáfanas, con salas de reuniones, taller, cocina, wifi… Sí, hubo que tirar unos cuantos tabiques para remodelar miles de centros. Nada grave.
Nuestro alumno va en ocasiones con sus padres al colegio. No solo para entrevistarse con el tutor, sino para trabajar con su hijo y aprender juntos. La enseñanza no es un proceso vertical donde un señor ilustrado suelta su discurso y un público despistado o atento toma apuntes o escucha pasivamente. Se trata de aprender a aprender. Además, hogar y colegio están más vinculados que nunca gracias al Internet de las cosas. Pizarras holográficas y materiales reactivos son habituales, incluso es normal que los padres presencien algunas clases en streaming desde el móvil o el ordenador.
educacion futuro
Modelo Vitra. Esta escuela sueca ha sido diseñada para priorizar el desarrollo de métodos de aprendizaje que promuevan la interacción. Kim Wendt / Rosan Bosch Studio
En las etapas tempranas, cuando nuestro protagonista era un infante que aprendía a leer, escribir y otras competencias básicas, una pulsera cuantificadora o un reloj inteligente formaban parte de su vestuario. Controlaba sus constantes vitales e informaba de si estaba agotado, nervioso, concentrado… o incluso si se estaba peleando. Algunos días llevaba una diadema cerebral, capaz de detectar las ondas gamma (presentes cuando hay gran actividad neuronal) y delta (si se quedaba traspuesto). Asimismo, las mediciones biométricas de la retina informaban de si tenía dificultades en la lectura de un texto y permitieron la detección y el tratamiento temprano de algunos problemas de aprendizaje, como la dislexia. Todos los parámetros físicos y emocionales se tenían en cuenta. el pulso, el sudor, la expresión de los músculos faciales… Y la ‘seño’ cambiaba una lección sobre la marcha o la personalizaba, dependiendo de la información que fuese capaz de asimilar ese día, guiándose por su experiencia y por un asistente digital que funciona con algoritmos.

Tecnología de vestir

Pero ya se ha hecho mayor. Sigue llevando la pulsera, más que nada por costumbre, aunque la verdad es que no le presta demasiada atención, excepto cuando hace deporte y compara sus marcas con las de sus amigos. Entre la tecnología que ‘viste’ lleva ahora una microcámara, tipo Narrative Clip, prendida en el pecho, que hace fotos cada 30 segundos y las sube a los servidores del colegio. Se pusieron de moda para evitar el acoso escolar.

Una diadema cerebral medirá si el alumno tiene problemas de lectura

Pero a él le sirve para ayudarlo a documentar las reuniones.
El grupo de nuestro chaval trabaja en una maqueta interactiva y a gran escala de la Alhambra. [Lo que sigue está basado en un trabajo real de los alumnos del CEIP Federico García Lorca de Güevéjar, Granada, coordinados por su tutor Diego García, y presentado en el último Salón de Tecnología para la Enseñanza]. Y combina tecnología 3D, realidad aumentada y robótica, con un toque de cultura maker (la filosofía de aprender a través de la experiencia) que convierte a los niños en diseñadores de sus propias creaciones.

Los padres verán cómo sus hijos estudian ‘código’ el nuevo idioma universal. Los alumnos ya no memoriza conocimiento, los asimilan y los reciclan

Nuestro alumno tiene nociones de programación en código abierto a nivel de usuario con Arduino y Scratch, e incluso ha aprendido a generar códigos QR, esos sellos de barras de los carteles que permiten enlazar la información mediante un smartphone. Los papás que estudiaron latín ven cómo sus hijos estudian código, el nuevo idioma universal, que a diferencia del latín es una lengua viva.
gafas playstation
Las gafas de realidad virtual -como las PlayStation VR (PSVR) de la imagen- ya se emplean para educar

Sin tiempo para aburrirse

Así que nuestro pequeño investigador ha buscado información sobre la arquitectura de la Alhambra y las costumbres en la época nazarí. No, esto no tiene nada que ver con un ‘cortapega’ de Wikipedia para plagiar deberes. Porque no solo ha recopilado lo más interesante sobre las matemáticas de los árabes, la astronomía, el uso del agua, la historia y todo lo que ha despertado su curiosidad. Ha actualizado el día a día del proyecto en un videoblog. Ha buscado planos para confeccionar la maqueta y los ha calcado en papel continuo sobre una pizarra táctil. Ha trabajado con diferentes dispositivos electrónicos y ha desarrollado aplicaciones para móviles. Ha grabado y editado una presentación final de vídeo. Ha manejado una impresora 3D y hoy toca ensayar una presentación ante una ronda de supuestos inversores -otros grupos de la clase-, como si de una start-up se tratase en la que sus compañeros son sus socios. Y, lo más importante, para llegar hasta aquí se ha ejercitado en el trabajo en equipo, en sus habilidades sociales y de organización, en la resolución de conflictos, en la presentación de un producto… Lo lleva haciendo desde muy pequeño y es lo que le prepara para la vida. No memoriza conocimientos; los asimila, los asocia, los usa y los recicla.

La firma de arquitectos Fielding Nair International está revolucionando el diseño de colegios con sus espacios educativos flexibles

Nuestro estudiante nunca tendrá tiempo de aburrirse. Los cascos de realidad virtual, que permiten la inmersión en un escenario envolvente y tridimensional, serán tan corrientes como lo son hoy los estuches de lápices. Ya hay decenas de aplicaciones para Oculus Rift que permiten a los niños, por ejemplo, ponerse en la piel de los astronautas del Apolo 11, aprendiendo de paso el contexto político que permitió al hombre pisar la Luna; o saltar a la arena con los gladiadores del Coliseo para estudiar el Imperio romano. El factor precio será decisivo. Google lo ha entendido así y apuesta por el low cost -unas lentes montadas sobre gafas de cartón que se acoplan al móvil-, sabiendo que su potencial pedagógico está en aplicaciones como Expeditions, que permite realizar excursiones desde la Antártida a la Muralla China.

Premios y calificaciones

Cómo calificaremos a los estudiantes? Vale la pena premiar a los resolutivos y castigar a los que se dejaron llevar por el esfuerzo de los demás? La vida -léase las empresas, o la capacidad para emprender proyectos por cuenta propia- pondrá a cada uno en su lugar, no es así? Es un asunto controvertido en el que los expertos no se ponen de acuerdo. Sí que hay cierto consenso en que diremos adiós al clásico boletín de notas, sustituido por tres métodos de valoración. Uno, en las etapas básicas, será el seguimiento diario del alumno con un sistema híbrido entre las observaciones de sus profesores y los datos que aportarán en tiempo real los gadgets inteligentes. Y que serán procesados con Inteligencia Artificial para diagnosticar necesidades y potencialidades, así como el nivel de madurez.

Los libros de texto estarán jubilados, pero no el buen profesor

El segundo, cuando el alumno haya elegido sus intereses profesionales y empiece con su itinerario académico personalizado, será el currículum. Uno estándar europeo, automatizado y accesible en la nube a petición de posibles empleadores. Y en el que también será importante la reputación, basada en las críticas y comentarios de profesores y compañeros. Un currículum, por tanto, que se asemeja a un perfil de LinkedIn. Pero no importarán tanto las titulaciones como lo que uno sepa hacer y, sobre todo, lo ágil que sea para aprender nuevas tareas.
El tercero serán los test internacionales, tipo Pisa. Las grandes editoriales, como Pearson, tienen mucho interés en que estas pruebas sigan existiendo, pues han diversificado su negocio ante la jubilación anunciada de la gallina de los huevos de oro. los libros de texto. El que nunca debería jubilarse es el buen profesor, aunque ya no tanto en el papel de transmisor del saber, sino de orientador. un amigo de confianza que contagia curiosidad, filtra lo útil y selecciona fuentes fiables con espíritu crítico.

EVOLUCIÓN: DE LA TABLILLA A LA REALIDAD AUMENTADA

Tecnología primitiva en las aulas
1650
La tablilla
Para aprender a leer y contar se usaban pequeñas tablas de madera (llamadas hornbooks) con abecedarios y números impresos, así como versos sencillos. Muy populares en Inglaterra durante la época colonial, en España se prefería el uso de los silabarios.
1870
La linterna mágica
Predecesora de las máquinas de diapositivas. Proyectaba imágenes coloreadas y dibujos en placas de vidrio. Algunos atribuyen su uso como recurso educativo al sacerdote alemán Kircher, que pudo haberla utilizado en un centro de los jesuitas en Roma.
1890
La pizarra
A un profesor escocés se le ocurrió colgar en la pared la pizarrilla individual de un alumno y estrenaba así el icono más universal de la escuela. un rectángulo de madera pintada de negro o verde oscuro, tiza y borrador. Los lápices de grafito se generalizaron a principios del XX.
1920
La radio
Las emisiones radiadas facilitaron la educación a distancia. En España, la colaboración entre la UNED y Radio 3 permitió la difusión de lecciones universitarias desde los años ochenta. Hoy, los podcasts permiten las emisiones a la carta.
1930
Proyector y boli
Al proyector de transparencias le siguió el bolígrafo, inventado por Ladislao Biro y bautizado ‘pluma esferográfica’, porque una bolita en la punta distribuye y seca la tinta, sin los manchurrones de la estilográfica. El francés Marcel Bich diseña en los cincuenta el popular Bic, la solución low cost.
1972
Scantron
El reconocimiento de marcas en los documentos mediante un escáner óptico que desarrolla la compañía Scantron facilitó a los profesores la corrección rápida de exámenes tipo test, que se popularizan desde entonces. IBM había probado antes con tarjetas perforadas.
La era del ordenador
1981
El ordenador personal
La informática se democratiza en los años ochenta con el PC, que fue la respuesta de IBM al éxito del Apple II. El ordenador portátil irrumpe en los noventa gracias al sistema operativo Windows 95.
1985
La calculadora
La marca japonesa Casio populariza la calculadora científica, aunque hubo cierta resistencia inicial a su uso educativo por miedo a que decayeran las destrezas aritméticas. El CD-ROM llega por las mismas fechas. Un solo disco almacenaba toda una enciclopedia.
1996
Internet
Internet deja de ser una herramienta de académicos e ingenieros de la NASA para convertirse en una red global con los primeros navegadores, pero el gran hito que convierte el conocimiento en un bien accesible es Google, que, en 1998, con su algoritmo, facilita las búsquedas.
1999
La pizarra interactiva
Las pizarras que permiten combinar notas manuscritas con tecnología inauguran la era de los materiales que posibilitan la interactividad. Las pantallas táctiles y los materiales reactivos añadirán la ventaja del uso intuitivo.
2007-2010
Móvil y tableta
El smartphone y el iPad convierten la tecnología en un elemento más de nuestros cuerpos. Van con nosotros a todas partes. En el colegio se libra una batalla entre prohibir el móvil o apostar por sus usos educativos. Ya hay miles de aplicaciones para estudiantes.

Tecnología docente del futuro

2016-2030
Biometría
Las mediciones biométricas, que estaban enfocadas a la creación de contraseñas, como el escáner de retina, saltan a la enseñanza. Se puede extraer información sobre cómo asimilan los niños un texto por datos como las constantes vitales que proporciona una pulsera, las reacciones del ojo…
2016-2030
Realidad aumentada
Visión, experiencia e información se solaparán gracias a bases de datos accesibles en tiempo real, con contenidos relevantes sobre cualquier objeto, lugar o persona que miremos con nuestras gafas de realidad aumentada o que encuadremos con la pantalla del móvil.
2016-2030
Realidad virtual
Las posibilidades didácticas de los cascos de realidad virtual, que permiten la inmersión en un entorno envolvente, harán que la educación se transforme en una experiencia cuasi real. No es lo mismo memorizar la lista de los reyes godos que meterse en la piel de don Rodrigo.